No es fácil para mí presentar en este blog a mi amiga Cande. Quizás la mejor forma de hacerlo, aunque sólo algunos de mis amigos lo puedan comprender, es manifestar mi alegría por tenerla como vecina en Carrascosa. Su hospitalidad es ilimitada y ella actualmente vive en la que fue la casa de mi abuela, que después fue la casa de mi tía Victoria...
Cande escribe muy bien y yo le agradezco que me permita publicar este relato que es muy personal e intenso. Por supuesto, espero que no sea el último. Ya sabes Cande lo que insistentemente te voy a pedir este verano.
VIVIR EN DICTADURACande escribe muy bien y yo le agradezco que me permita publicar este relato que es muy personal e intenso. Por supuesto, espero que no sea el último. Ya sabes Cande lo que insistentemente te voy a pedir este verano.
Querida Llanos:
Me ha gustado mucho tu escrito
de la semana pasada, yo nunca podré
igualar tu gran imaginación y tu buena escritura, pero sabes que siempre lo
intento.
Hoy te voy a contar una historia que
ocurrió en los años 60.
Si hubiera relatado los hechos en su
momento habría sido muy diferente, no hubiera ocupado más de una línea, hubiera
sido como el resumen de cualquier película de amor: chico conoce chica, se
enamoran y se casan.
Entonces por mi juventud, no era
capaz de comprender el alcance de los hechos. Con el paso del tiempo, salir de
casa para estudiar, trabajar en un centro progresista, la llegada de la
democracia y otras muchas experiencias, hicieron que fuera encontrando sentido
a las cosas.
En esa época mi vida era, digamos que
de cierto privilegio por encontrarme en el círculo de los llamados “vencedores
de la guerra civil”. No conocía a nadie de mi entorno que hubiera padecido en
la posguerra humillaciones, privaciones o deshonor. España era de un sector y
yo pertenecía a él.
Era un invierno muy frío, de esos en
los que era frecuente ver sabañones en las manos y en las orejas de las
personas, y cuando la nieve nos cubría hasta media pierna. Sentíamos ese fío
que calaba los huesos y paralizaba el cuerpo, ese frío que los más jóvenes hoy no conocen porque ya
no hiela con tanta crudeza, debido a que nuestra manera de vivir ha mejorado y
con ello hemos contribuido, en contrapartida, al calentamiento de la tierra.
Yo tenía 14 años y vivía con mis
padres y mis cuatro hermanos en un chalet a la afueras de la ciudad. La casa
era muy grande y esto hacía que fuera complicado calentarla. Las estufas y
braseros no eran suficiente. Por esta razón los meses más fríos nos
trasladábamos a casa de mi abuela. Su casa era también muy grande, lo
suficiente para acogernos a todos, pero a diferencia de la nuestra ésta tenía
calefacción, y mi abuela nos acogía con todo el cariño del mundo. A nosotros
nos encantaba vivir allí.
La casa de mi abuela siempre era
alegre y divertida. La habitación dónde se hacía la vida, que en cualquier casa
era el cuarto de estar, hoy lo llamaríamos salón, tenía forma de abanico y sus
dimensiones eran enormes. El mobiliario no era tampoco el habitual de las demás casas, allí había
máquinas de coser, la mesa de planchar,
la de cortar, la máquina de forrar
botones, un gran costurero alrededor del cual se sentaban, a veces, hasta 25
jóvenes oficialas llenas de vitalidad, un mostrador que cubría una de las
paredes lleno de coloridas telas, y una barra perchero de la que colgaban
vestidos de noche, de calle, de novia, etc, esperando a ser terminados.
Mi abuela como ya te he comentado
otras veces, era modista de alta costura. Otro día mi relato será sobre ella.
Te gustará acercarte a su personalidad, era especial.
Mis padres tenían por costumbre dar
una vuelta por la casa que esperaba nuestro regreso, cada 15 o 20 días, para
ver si todo seguía en orden o para recoger alguna cosa que nos hiciera falta.
Eso hicieron el fatídico día que al abrir la puerta se encontraron todo en el
suelo. ¡Allí había alguien! Cerraron y llamaron a la policía. Cuando volvieron
a entrar, ya acompañados, fueron conscientes de la magnitud del desastre,
cerraduras forzadas, cajones vacíos, mantelerías, toallas, ropas, libros, etc,
todo estaba en el suelo. La policía debía tomar nota de las cosas que podían
faltar, pero ante tal caos era imposible saber lo que podía haber desaparecido.
Era una época en que no había televisor, ni cadena musical, ni todos estos
aparatos voluminosos que posteriormente fueron objeto de deseo de los ladrones
y es lo primero que se hubiera echado en falta. Fueron recorriendo todas las
habitaciones al tiempo que el corazón les latía con más fuerza. Los restos de
comida en la cocina y las camas usadas delataron que allí había vivido alguien
el tiempo suficiente para desmontar toda la casa. Cuando la inspección llegó a
la habitación de los baúles (que así la llamábamos porque ese era el mobiliario
que la ocupaba) las mantas y todo lo que en ellos se guardaba estaba igualmente
en el suelo. Mi madre se alteró aún más si cabe cuando vio que los papeles que
cubrían el fondo de estos, también habían sido quitados de su sitio. En ese
momento se dio cuenta de lo que faltaba, un peine de pistola con sus balas. Lo
guardaba allí para que no estuviera a nuestro alcance, ella sabía que en ese
sitio no lo encontraríamos. Descompuesta lo comunicó a los agentes y
rápidamente se trasladaron a su dormitorio a buscar por el suelo la pistola a
la que pertenecían las balas, y que se guardaba por separado en el armario.
Esa pistola guardada como trofeo de
guerra y que tantas vidas debió quitar, esa pistola que tal vez mantenía el
secreto de los tiros de gracia que había podido dar, esa pistola que tenía que
haber sido devuelta en su momento como obligaba la ley, esa pistola que no
estaba avalada por ningún permiso de armas, esa pistola que hacía dos meses
había sido limpiada y engrasada para que pudiera estar en perfecto estado, esa
pistola que a mi madre le dolía la boca de decir que nos traería algún
disgusto, esa pistola que tantas veces habíamos cogido a hurtadillas para jugar
con ella. Esa maldita pistola había desaparecido.
Pasaron varios días, no me acuerdo
cuantos, cuando una mañana la ciudad se despertó conmocionada, no se hablaba de
otra cosa: una pareja de novios había sido asesinada en un parque de la ciudad.
Los cadáveres yacían en el suelo,
primero el chico con un tiro certero, la chica intentó huir y fue
encontrada a unos metros de distancia, habiendo dejado atrás uno de sus zapatos
en la carrera.
Detrás del perímetro de seguridad
establecido durante la reconstrucción de los hechos se habían agrupado un gran
cantidad de curiosos, los que allí faltaban estaban pegados a la radio, pues
los micrófonos de las emisoras del momento retransmitían en directo. Un joven
que se encontraba en primera fila, relataba con gran soltura lo que allí debió
ocurrir. La descripción de los hechos resultó
ser tan verosímil que la policía se interesó por él, y después de escucharlo
decidieron detenerlo, al tiempo que sacó la pistola y disparó las balas que le
quedaban, que través de las ondas
sonaron como cañonazos, sin llegar a causar ninguna otra desgracia. Todo
terminó reduciendo y esposando a quien
después se demostró que había sido en verdadero homicida.
Durante la comida en todos los
hogares no se hablaba de otra cosa. El periódico local y los de tirada nacional
se hicieron eco de la noticia.
Yo tenía una compañera en el colegio
que era hija de un policía secreta y en cuanto llegamos por la tarde a clase se
me acercó y me dijo que la pistola con la que se había matado a los novios era
la de mi padre. Yo me quedé de piedra, no sabía que la pistola había
desaparecido. Me fui a buscar a mi hermana a su aula y se
lo dije, ella me recomendó que no dijera nada. Realmente no podíamos decir nada
porque nada sabíamos.
La conclusión fue: dos personas
asesinadas, el autor de los disparos en la cárcel, tres familias destrozadas,
la situación de mi padre, mediante influencias no sufrió alteración y nuestra vida siguió siendo una balsa de
aceite, que a excepción de mi madre, lo asumimos como una anécdota de la que no
se volvió a hablar y seguimos viviendo bajo el palio del totalitarismo.
Como ves es una historia un poco
cruda pero quería reflexionar sobre la vida en dictadura, y aunque nos parezca
que sigue habiendo muchos abusos, las cosas hoy han cambiado mucho, algunos
poderosos también disfrutan de la cárcel.
Espero ansiosa tu siguiente relato.
Un beso
Cande

1 comentario:
No me identifico con este relato, me es muy lejano y ajeno.
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