viernes, 17 de julio de 2015

Enrique Garrido: El empujoncito

El empujoncito

Siempre me gustó Ernesto. A esa edad temprana de la adolescencia, cuando lo veía jugar en el parque,  con su amiguita Rosalía, rabiaba; no lo podía soportar. Vecinas en el mismo bloque, la veía a veces ayudar a su madre a tender la ropa. Llegué a envidiarla. Reconocía  que era guapa y  yo, una niña tímida que  a veces me sentía sola y sufría porque nadie me prestaba atención.
*
Después de algunos años, estudiando ya en la universidad, una tarde coincidí con Ernesto en un Pub. Recordamos entre risas aquellos años de nuestra niñez y le llegué a contar mis celos por aquella  amiguita del alma. Teníamos nuestras vidas organizadas. Él salía con  una compañera de universidad,  Gema, y yo con Julián,  hijo de un amigo de papá.   Quedamos en volver a vernos.
Un miércoles, en Las Vías,  día del espectador, fui con  Julián al cine, aún recuerdo la  película: “La Venganza de Don Mendo”, y antes de entrar en la sala, decidí comprar palomitas y allí, en el mostrador, volví a encontrarme con Ernesto. Nos sonreímos. Se acercó y  al oído  me dijo: “Cuando termine la sesión,  te esperaré  en tu portal”. No tuve tiempo de responder. Me quedé aturdida, pero con una alegría que me inundaba. Me gustaba todo en él: guapo, cariñoso, simpático  y detallista.
Y nos vimos esa noche. Fue el inicio de un nuevo rumbo en nuestras vidas. Rompimos  con nuestras parejas y empezamos una sorprendente relación. Teníamos gustos y aficiones afines, nos gustaba el deporte, leer, el cine, pasear e incluso coincidíamos en  ser simpatizantes del mismo equipo: nuestro Atlético.
*
Después de algún tiempo, decidimos irnos a  vivir juntos. Me sentía feliz e intentaba que él lo fuera; salíamos bastantes noches a cenar y algunos fines de semana hacíamos excursiones a la sierra y, en algún puente,  nos fuimos a París y Roma…
Ernesto era un profesional de prestigio, dominaba la informática y fue contratado por una importante multinacional.  Subió de categoría en  un suspiro. Y ahí empezaron nuestros primeros problemas. Ya no salíamos a cenar como lo hacíamos antes, llegaba tarde y hasta los fines de semana los tenía ocupados. Y no eran pocos los días que nada más llegar lo llamaban por teléfono. Llegó un puente de San Isidro, fiesta local en Madrid, y tuvimos que anular un viaje a Lisboa: “Tengo que poner en marcha un nuevo software en nuestra sede en Londres”, me dijo, y ese fin de semana lo pasó en  Inglaterra. Y así discurrieron  muchos meses en los que nuestras vidas marchaban sólo por la  inercia.
Me hablaba constantemente de lo ásperas que resultaban  sus relaciones con su jefa, Lourdes, así  se llamaba. “¡Qué difíciles sois las mujeres!”, protestaba. Pero esa jefa tan difícil, “que me trae  “mártir”, lo llamaba todas las noches. Perdía la paz, con unos nervios que lo desesperaban, y con un desafecto a mi persona difícil de soportar. Dejó de ser  el marido cariñoso y atento al que me acostumbró.
Siguieron las llamadas, tantas, que me llegaron a inquietar. Una sorprendente   noche, hablando con ella desde  su despacho,  con la puerta entreabierta, tenía conectado el  altavoz del teléfono; sin duda  un despiste. Hablaba con Lourdes. Percibí   cariño y confianza entre ellos. Una  voz melosa, complaciente, de mujer enamorada, que al despedirse lo saludó con “Bueno cariño, mañana nos vemos”, y él, con voz trémula, le contesta: “Duerme bien, cielo… ya nos queda poco”.
¿Ya nos queda poco? Y comencé a indagar. Le fiscalizaba  su correspondencia, examinaba  los mails  que Lourdes le enviaba  y un día, mientras él se duchaba cogí su móvil y revisé sus whatsapp. Creí enloquecer: eran cientos los mensajes que se cruzaban. Me   invadieron  unos celos enormes y una rabia incontenible. Una noche que cenaba fuera de casa, revisé su ordenador. Tenía  la contraseña de acceso, en  una  agenda   guardada en un cajón de su escritorio. Accedí al ordenador. Entré en”sus  carpetas”, una de ellas  tenía el siguiente título: “Proyectos de futuro”. Sentí curiosidad y la abrí. Era la reserva de una habitación, con cama de matrimonio, en  un hotel, de París, para tres días, con sus  pasajes de avión, uno de ellos a su nombre y el otro para una tal Lourdes Martín de la Riva, su jefa.
La tal, de la Riva, supe, investigando en facebook, que era divorciada con tres hijos y ocho años mayor que mi marido. ¡Ernesto es idiota, pensé, cómo puede enamorarse de una mujer de esta edad. Pero me tranquilicé, porque una cosa tenía bien clara, me lo iban  a pagar…y de qué forma.
*
Ese sábado me levanté temprano, quería instalar entre la ventana de la cocina y la terraza un tendedero.
—Te pones a trabajar justamente en los mejores días, ¿no quedamos en comer hoy en  Navacerrada ? —dijo malhumorado.
—Compré ayer en IKEA este tendedero, estoy harta de secar la ropa dentro  de las habitaciones, termino en pocos minutos… no desesperes cariño—contesté.
—Además, estos de IKEA lo ponen fácil, tienen todo estudiado —proseguí.
—Anda déjame a mí que seguro lo haré mejor y antes que tú— me pidió.
Ernesto se acaballó sobre el alfeizar de la ventana con  una pierna colgando  al patio y ¡qué fácil resultó todo!, solo un empujoncito y ¡zas! cayó desde el sexto piso al patio de la finca. ¡Qué pena me dio verlo destrozadito!
Que disgusto más grande se llevará Lourdes, con lo mucho que se querían. Y todo por ayudarme. Pero bueno estas cosas ocurren y ya no tienen remedio.
Lo que ciertamente  siento es haber dejado a esa chica sin el cariño de su amado y sobre todo sin  el viaje a París que ya no podrán hacer. Eso es lo me quita la vida. ¡Pobrecitos,  con lo bien que se lo estaban pasando!
Ya no tengo otra preocupación que la del otro empujoncito que me queda por dar, pensé. Y se convirtió en una obsesión.
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No dudaba de que Lourdes acudiría al  tanatorio. Así fue. La vi llorar, me acerqué a ella, la cogí del brazo y en el mismo sofá, lloramos las dos angustiadas. No podía verla tan abatida, deshecha, ya no dudé de que había amaba  con locura a mi Ernesto. ¡Pobrecita!
— ¡Qué marido más ejemplar! Era el mejor compañero que he tenido, me decía abrazada a mí, sin poder contener sus lágrimas.
Y yo sin articular una sola palabra, asentía y hasta creo que le di un beso para mitigar su desconsuelo. ¡Qué pena me daba ver así a la pobrecita Lourdes ¡ No lo pude remediar.
Me entregaron las cenizas del pobre Ernesto. Él que tanta vitalidad había tenido, allí estaba consumido y  achicharradito  en aquella  ignominiosa  urna.
*
¡Qué tremenda  ilusión tenía Ernesto  por las cosas del mar! A veces veraneando en Galicia, entre risas y bromas, me decía: “Cuando me muera, quiero que mis cenizas reposen aquí, en el fondo marino”. No se borraran  de mi memoria  esos días inolvidables en Finisterre, donde la felicidad nos inundaba.
Y quise consumar su voluntad. Organicé con los amigos más íntimos un viaje a A Coruña. No faltaron mis amigas de siempre y algunos familiares  cercanos. Nos alojamos todos en el hotel Finisterre y, al día siguiente, como tenía previsto,  nos dirigimos al faro. 
Apoyada en su  barandilla, me disponía a esparcir las cenizas  de Ernesto. Giré la vista para contar con el beneplácito de todos. Vi entre el grupo de personas que me acompañaban a Lourdes, tratando de no  ser vista. Fui a  por ella y  la situé a mi lado, la besé en la frente y le pedí que me ayudara a esparcir las cenizas. Una lluvia torrencial caía en ese momento, se desencadenó un fuerte viento,  con tan mala fortuna que resbalé, perdí el equilibrio y derribé a Lourdes que cayó sin remedio al acantilado. Quedó   destrozadita.
Sin querer esbocé una sonrisa torcida... Solo conservo el recuerdo del helicóptero de salvamento marítimo izando su cuerpo, cuando ya la lluvia empezaba a convertirse en llovizna tenue y  el viento amainaba,  pero  un frío aterrador  iba calando en mis huesos...
*
Estoy ya tranquila. En algún lugar estarán ya los dos juntitos, ya no necesitarán para comunicarse  el  móvil, ni su whatsapp.
Y noté que empezaba a tomar el control de mí misma...   

Enrique Garrido

Febrero, 2015

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