El empujoncito
Siempre me gustó Ernesto. A esa edad temprana de la
adolescencia, cuando lo veía jugar en el
parque, con su amiguita Rosalía, rabiaba; no lo podía soportar. Vecinas en el
mismo bloque, la veía a veces ayudar a su madre a tender la ropa. Llegué a
envidiarla. Reconocía que era guapa
y yo, una niña tímida que a veces me
sentía sola y sufría porque nadie me
prestaba atención.
*
Después de algunos años, estudiando ya en la
universidad, una tarde coincidí con
Ernesto en un Pub. Recordamos entre risas aquellos años de nuestra niñez y le
llegué a contar mis celos por aquella
amiguita del alma. Teníamos nuestras vidas organizadas. Él salía
con una compañera de universidad, Gema, y yo con Julián, hijo de un amigo
de papá. Quedamos en volver a vernos.
Un miércoles, en Las Vías, día del espectador, fui con Julián al cine, aún recuerdo la película: “La Venganza de Don Mendo”, y antes
de entrar en la sala, decidí comprar
palomitas y allí, en el mostrador, volví a encontrarme con Ernesto. Nos
sonreímos. Se acercó y al oído
me dijo: “Cuando termine la sesión,
te esperaré en tu portal”. No
tuve tiempo de responder. Me quedé aturdida, pero con una alegría que me inundaba. Me gustaba todo en él: guapo,
cariñoso, simpático y detallista.
Y nos vimos esa noche. Fue el inicio de un nuevo rumbo en nuestras
vidas. Rompimos con nuestras parejas y empezamos una
sorprendente relación. Teníamos gustos y
aficiones afines, nos gustaba el deporte, leer, el cine, pasear e incluso coincidíamos en ser simpatizantes del mismo equipo: nuestro
Atlético.
*
Después de algún tiempo, decidimos irnos a vivir juntos. Me sentía feliz e intentaba que
él lo fuera; salíamos bastantes noches a
cenar y algunos fines de semana hacíamos excursiones a la sierra y, en algún
puente, nos fuimos a París y Roma…
Ernesto era un profesional de prestigio, dominaba la
informática y fue contratado por una importante multinacional. Subió de categoría en un suspiro. Y ahí empezaron nuestros primeros
problemas. Ya no salíamos a cenar como lo hacíamos antes, llegaba tarde y hasta
los fines de semana los tenía ocupados. Y no eran pocos los días que nada más
llegar lo llamaban por teléfono. Llegó un puente de San Isidro, fiesta local en
Madrid, y tuvimos que anular un viaje a Lisboa: “Tengo que poner en marcha un
nuevo software en nuestra sede en Londres”, me dijo, y ese fin de semana lo
pasó en Inglaterra. Y así discurrieron muchos meses en los que nuestras vidas
marchaban sólo por la inercia.
Me hablaba constantemente de lo ásperas que
resultaban sus relaciones con su jefa,
Lourdes, así se llamaba. “¡Qué difíciles
sois las mujeres!”, protestaba. Pero esa jefa tan difícil, “que me trae “mártir”, lo llamaba todas las noches. Perdía
la paz, con unos nervios que lo desesperaban, y con un desafecto a mi persona
difícil de soportar. Dejó de ser el
marido cariñoso y atento al que me acostumbró.
Siguieron las llamadas, tantas, que me llegaron a inquietar. Una
sorprendente noche, hablando con ella
desde su despacho, con la puerta entreabierta, tenía conectado
el altavoz del teléfono; sin duda un despiste. Hablaba con Lourdes.
Percibí cariño y confianza entre ellos.
Una voz melosa, complaciente, de mujer
enamorada, que al despedirse lo saludó con “Bueno cariño, mañana nos vemos”, y
él, con voz trémula, le contesta: “Duerme bien, cielo… ya nos
queda poco”.
¿Ya nos queda poco? Y comencé a indagar. Le
fiscalizaba su correspondencia,
examinaba los mails que Lourdes le enviaba y un día, mientras él se duchaba cogí su móvil y revisé sus whatsapp. Creí enloquecer: eran cientos los mensajes que se
cruzaban. Me invadieron unos celos enormes y una rabia incontenible.
Una noche que cenaba fuera de casa, revisé su ordenador. Tenía la contraseña de acceso, en una
agenda guardada en un cajón de
su escritorio. Accedí al ordenador. Entré en”sus carpetas”, una de ellas tenía el siguiente título: “Proyectos de
futuro”. Sentí curiosidad y la abrí. Era la reserva de una habitación, con cama
de matrimonio, en un hotel, de París, para tres días, con sus pasajes
de avión, uno de ellos a su nombre y el otro para una tal Lourdes Martín de la
Riva, su jefa.
La tal, de la
Riva, supe, investigando en facebook, que era divorciada con tres hijos y ocho años mayor que mi marido. ¡Ernesto
es idiota, pensé, cómo puede enamorarse de una mujer de esta edad. Pero me
tranquilicé, porque una cosa tenía bien clara, me lo iban a pagar…y de qué forma.
*
Ese sábado me levanté temprano, quería instalar entre
la ventana de la cocina y la terraza un tendedero.
—Te pones a trabajar justamente en los mejores días,
¿no quedamos en comer hoy en Navacerrada
? —dijo malhumorado.
—Compré ayer en IKEA este tendedero, estoy harta de
secar la ropa dentro de las habitaciones,
termino en pocos minutos… no desesperes cariño—contesté.
—Además, estos de IKEA lo ponen fácil, tienen todo
estudiado —proseguí.
—Anda déjame a mí que seguro lo haré mejor y antes
que tú— me pidió.
Ernesto se acaballó sobre el alfeizar de la ventana
con una pierna colgando al patio y ¡qué fácil resultó todo!, solo un
empujoncito y ¡zas! cayó desde el sexto piso al patio de la finca. ¡Qué pena me
dio verlo destrozadito!
Que disgusto más grande se llevará Lourdes, con lo
mucho que se querían. Y todo por ayudarme. Pero bueno estas cosas ocurren y ya
no tienen remedio.
Lo que ciertamente
siento es haber dejado a esa chica sin el cariño de su amado y sobre
todo sin el viaje a París que ya no
podrán hacer. Eso es lo me quita la vida. ¡Pobrecitos, con lo bien que se lo estaban pasando!
Ya no tengo otra preocupación que la del otro
empujoncito que me queda por dar, pensé. Y se convirtió en una obsesión.
*
No dudaba de que Lourdes acudiría al
tanatorio. Así fue. La vi llorar, me acerqué a ella, la cogí del brazo y
en el mismo sofá, lloramos las dos angustiadas. No podía verla tan
abatida, deshecha, ya no dudé de que había amaba con locura a mi Ernesto. ¡Pobrecita!
— ¡Qué marido más ejemplar! Era el mejor compañero
que he tenido, me decía abrazada a mí, sin poder contener sus lágrimas.
Y yo sin articular una sola palabra, asentía y hasta
creo que le di un beso para mitigar su desconsuelo. ¡Qué pena me daba ver así a
la pobrecita Lourdes ¡ No lo pude remediar.
Me entregaron las cenizas del pobre Ernesto. Él que
tanta vitalidad había tenido, allí estaba consumido y achicharradito en aquella
ignominiosa urna.
*
¡Qué tremenda
ilusión tenía Ernesto por las
cosas del mar! A veces veraneando en Galicia, entre risas y bromas, me decía:
“Cuando me muera, quiero que mis cenizas
reposen aquí, en el fondo marino”. No se borraran de mi memoria
esos días inolvidables en Finisterre, donde la felicidad nos inundaba.
Y quise consumar su voluntad. Organicé con los
amigos más íntimos un viaje a A Coruña. No faltaron mis amigas de siempre y
algunos familiares cercanos. Nos
alojamos todos en el hotel Finisterre y, al día siguiente, como tenía
previsto, nos dirigimos al faro.
Apoyada en su
barandilla, me disponía a
esparcir las cenizas de Ernesto. Giré la
vista para contar con el beneplácito de todos. Vi entre el grupo de personas que me acompañaban a Lourdes,
tratando de no ser vista. Fui a por ella y
la situé a mi lado, la besé en la frente y le pedí que me ayudara a
esparcir las cenizas. Una lluvia torrencial caía en ese momento, se desencadenó
un fuerte viento, con tan mala fortuna
que resbalé, perdí el equilibrio y derribé a Lourdes que cayó sin remedio al
acantilado. Quedó destrozadita.
Sin querer esbocé una sonrisa torcida... Solo conservo el recuerdo del helicóptero de salvamento
marítimo izando su cuerpo, cuando ya la lluvia empezaba a convertirse en
llovizna tenue y el viento amainaba, pero un frío aterrador iba calando en
mis huesos...
*
Estoy ya tranquila. En algún lugar estarán ya los dos juntitos, ya
no necesitarán para comunicarse el móvil, ni su whatsapp.
Y noté que empezaba a tomar el control de mí
misma...
Enrique
Garrido
Febrero, 2015
No hay comentarios:
Publicar un comentario