Mirar a los ojos sin intimidar
Son las seis de la mañana y me encuentro en mi pequeño apartamento, afeitándome frente al espejo del cuarto de baño. Me preocupa mi aspecto físico: tengo ojeras y una expresión muy cansada. A las doce estoy citado para una entrevista de trabajo y he dormido poco y mal. Toda la noche he estado repasando el manual de buenos consejos para superar con éxito la prueba: no tutees, no fumes, no interrumpas, no cruces los brazos,…Demasiadas prohibiciones, tantas que será muy difícil no cometer alguna falta. Me ha sido imposible dormir con estos pensamientos constantes y cansinos que intentaba apartar, pero que se reproducían continuamente como un eco dentro de mi cabeza. ¡Vaya! lo que faltaba, acabo de hacerme un pequeño corte en la cara. ¡Qué desastre! Últimamente todo me sale mal: Acabé el grado superior en Informática a los veintitrés años y enseguida encontré trabajo. Unos meses después estaba en el paro. Entonces no me preocupé mucho, pensaba que enseguida volvería a conseguir algún empleo. Llevo ya un año en esta situación, y empiezo a estar muy preocupado.
Estoy muy nervioso. Prefiero un examen a una entrevista. Odio contestar a las preguntas personales que realizan en estas citas: ¿Qué haces en tu tiempo libre? ¿Cuáles son tus aficiones favoritas? ¿Cuál es el último libro que has leído? ¿Qué te pareció? Este tipo de preguntas me ponen nervioso porque son maliciosas y humillantes. Me dicen que debo mantener una actitud atenta y simpática, que debo mirar a los ojos al entrevistador, pero sin intimidar, que debo decir la verdad y no responder con evasivas. ¿Alguien es capaz de hacer esto?
No desayuno. Me pongo ropa cómoda y salgo de casa para despejarme un poco. Sigo pensando en la cita de las doce. ¡Qué inútiles los estudios del grado! No me van a preguntar nada de lo que he estudiado. ¿Por qué no dedican un año en la Universidad a preparar entrevistas? Al menos nos sentiríamos más seguros. Habitualmente, en la sala de espera, empiezo a sudar. Ya sé que produce una impresión lamentable, pero ¿cómo evitarlo? Recuerdo la primera vez que me ocurrió. En la antesala estábamos cuatro personas. Todos se dieron cuenta. Lo sé porque no dejaron de mirarme. Me refugié en el servicio. Me lavé la cara, pero no dejé de sudar. Antes de empezar a preguntarme, me ofrecieron un vaso de agua. Mi aspecto debía ser lamentable. Por cortesía me dedicaron unos minutos. Salí destrozado.
Son las diez. Me visto con el uniforme previsto para estas ocasiones: Chaqueta, corbata, camisa blanca, pantalón oscuro… Reviso la cartera donde llevo el currículum. No olvido el desodorante. Mentalmente sigo repasando y contestando las posibles preguntas que me pueden hacer. Estas serían mis respuestas: tengo novia, pienso casarme dentro de un año, tendremos dos hijos, me gusta disfrutar el tiempo libre en casa y con los amigos. Mis lecturas favoritas son las novelas históricas. Hago deporte: tenis, pádel y ciclismo. Por supuesto, me gusta trabajar en equipo y mi disposición para realizar cursos de formación es total…
Decido ir andando a las oficinas de la empresa. Dos calles antes de llegar al lugar donde tengo la cita, entro en una cafetería, me siento en una mesa y pido un café y un vaso de agua. En el local identifico a dos personas uniformadas que, probablemente, veré más tarde. Observo con detalle sus gestos y adivino fácilmente sus pensamientos. Al estar pendiente de ellos, olvido mi situación y me tranquilizo.
¡Qué suerte! He sido llamado de los primeros. Detrás de la mesa una mujer muy atractiva me saluda con amabilidad. La examino con descaro. Es una mujer hermosa, esbelta, con una piel clara y delicada, ojos grises, pelo negro algo rizado y no muy largo. Su rostro muestra un aíre aristocrático que ignora todo lo que pueda suceder a su alrededor. Está vestida con un gusto distinguido: chaqueta de paño granate, blusa de seda blanca con filigranas sencillas, pantalón de lino negro y zapatos de tacón sin adornos. Nada más verla pensé: “esta es una de las mujeres más bellas que he visto”. Mis ojos no se apartan de sus pechos. Contesto con monosílabos a sus preguntas. Sé que la estoy intimidando. Por supuesto, no falta la clásica pregunta: ¿tienes novia? Le digo que no.
1 comentario:
En este relato se nota una parecida voluntad expresiva que en el anterior. De recursos de precisión, de interés por el detalle, etc. Con respecto al anterior, encontraría una pequeña disfunción en el anhelo por la objetividad.En el relato La tía Angustias el narrador es externo, pero en éste es el propio protagonista, que aunque a la primera ocasión contraviene todas las instrucciones que le permitirían una entrevista de selección exitosa, no obstante, es capaz de un ejercicio de autoobservación que no correspondería a esa inseguridad que relata.
Aunque, claro, ese puede ser el significado: mostrar el destrozo y el desgarro que ocasiaona en una persona con sensibilidad, delicada y con determeinación, la situación socio-económica, absurda pero perseguida por el orden dominante, a la que todos estamos sometidos. En este supuesto el efecto deviene ejemplar.
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