Cosme Jiménez (Membrilla, 1948) fue maestro y ahora, que ya está jubilado, se dedica a escribir y a pintar. Lo conozco desde hace varios años y siempre me han cautivado su amabilidad, su inteligencia y el amor que siente por su familia. Cosme posee un sentido del humor arrollador y se desenvuelve a la perfección como cronista de la realidad, con todas las aristas que ésta tiene. Se divierte escribiendo y es capaz de conmoverse con sus propios textos, sin perder de vista las tácticas del oficio.
El vino de los obreros. Cosme Jiménez
El
hermano Cipriano era uno de esos ejemplares únicos que destacaba del grupo en
el que vivía. No tenía estudios, pero sí
una inteligencia y conocimientos de la vida que obligaba a sus paisanos a
tomarlo como referencia.
Se le
iluminaba la cara cada vez que refería que su padre había sido muletero y cómo
recorrió Castilla palmo a palmo a lomos de los animales que vendían.
Contaba con añoranza que en estos lugares fue
donde aprendió tantos dichos y sentencias como sabía. Se sentía orgulloso de
que sus escuelas hubieran sido las posadas y las ventas; y sus profesores, un
corro de personajes variopintos: vendedores ambulantes, chatarreros, cómicos
itinerantes, aventureros, pícaros…, que hablaban, unas veces alrededor del
fuego y otras bajo el cielo estrellado, de todo lo que compone el libro de la
vida.
Cuando
murió su padre, con una economía poco saneada, tuvo que ajustarse de jornalero
en una casa de labranza que se dedicaba, casi en exclusiva, al cultivo de la
viña: la casa de las hermanas Diez. Las llamaban así porque una era alta y
delgada como un uno y la otra baja y gordita como un cero. Eran tan religiosas
como tacañas. Habían seguido fielmente la filosofía de la familia: dando, nunca se llega a rico.
El
“hermano”, como le llamaban, pronto aprendió del mayoral de la casa todas las
labores agrícolas y los secretos de la elaboración del vino. Y cuando el
inexorable tren de la vida se llevó a este maestro del campo, Cipriano ocupó su
lugar.
Con su
natural inteligencia y desparpajo, resolvía con genialidad cualquier dificultad
propia o ajena. Sus singulares ocurrencias se contaban en las largas noches de
quintería, especialmente en la vendimia, o al final de las zurras, entre los
amigos ya algo alegres, los domingos por
la tarde.
Uno de aquellos
días, la zurra tocó en mi casa. Al final de la velada, después de muchas manos
de tute apasionado, se contó la anécdota “del vino de los vendimiadores”.
Era suficiente que alguien dijera: “Anda, Diego, cuéntanos cómo
son de generosas las amas”. Y él, que había echado muchos jornales con
el hermano Cipriano, nos deleitaba diciendo:
—Pues un
día le pidió el hermano a las amas media arroba de vino para los vendimiadores.
Pero como eran tan miserables, se lo negaron. Una vez en el campo, los hombres
se quejaban de no poder echar un trago en las comidas. Entonces, el hermano
Cipriano les prometió que no les faltaría el vino en lo que quedara de recolección.
Todos miraron cómo liaba el cigarro; y en los gestos que hacía con las cejas,
supieron que ya estaba maquinando algo.
Aquel mismo día, al anochecer, antes de
irse a su casa, el hermano llamó a gritos a las amas. Acudieron al corralón muy
preocupadas. Les dijo que lo acompañaran al jaraíz. De camino, iba haciendo
ascos y gestos de repugnancia. Ellas le seguían intrigadas sin tener idea de
qué se trataba. Cuando llegaron, las puso delante de las tinajas pequeñas y se
subió, por el otro lado, en una escalera que apoyaba en la única que estaba
llena. La usaban sólo para ellas por ser el mejor vino que tenían. El hermano Cipriano, arriba, como si
estuviera hablando desde un púlpito, aproximó su cabeza a la tinaja vacía más
cercana para que su voz tuviera mayor resonancia, y les dijo con la cara
iluminada por la bombilla:
_ Ya sé por qué no me quisieron dar el vino
esta mañana. (Las dos hermanas se
miraban entre sí, e intrigadas, fijaban sus ojos en aquella extraña escena,
esperando del hombre una posible venganza, pero sin imaginar en qué podría
consistir). Reconozco ahora que he pensado mal de ustedes creyendo que eran
unas ruines (decía
esto aproximando aún más su boca a la de la tinaja vacía que daba un tono
majestuoso, casi divino, a sus palabras).
Pero su noble corazón cristiano, que sin duda ya sabía lo ocurrido, no quería permitir que sus obreros bebieran
este vino posiblemente contaminado por este ratón. (A la vez que decía esta
última frase, sacaba y metía en la tinaja al roedor cogido del rabo).
En la
cocina, las risas se desataban por la graciosa ocurrencia del hermano, la
manera de contarlo Diego y, no menos, por los cazos que yo repartía del caldo
que aún quedaba en la ponchera. Y, con todos expectantes, prosiguió:
Como las amas no paraban de decir “qué
asco, qué asco”, el hermano Cipriano las animaba a que siguieran bebiendo de ese vino, porque
cuando él le vaciara la parte de arriba, el resto quedaría como antes. Insistía
en que era un simple ratoncillo (que no dejaba de zambullir), y cuando lo
alzaba, lo tenía unos instantes chorreando sobre la tinaja; añadía, por último,
que no suponía ningún perjuicio para la salud. Él observaba que cuanto más las
animaba, más rechazo mostraban ellas. Antes de que salieran del jaraíz, arrojó
el ratón a un lado de la dependencia, pero no lejos de ellas. El golpe fue un
“plof” mate que hizo soltar a las “piadosas” damas un sonoro ¡ay! En ese preciso
instante, abrazada la una a la otra, enteramente a merced de su mayoral, se oyeron
las siguientes palabras aún más retumbantes que las primeras:
Comprendo que este vino no es para ustedes,
pero creo que su generosa caridad no se opondrá para que, una vez saneado, se
lo beban los obreros. Yo callaré el incidente y ustedes habrán ganado gracia
cumpliendo con aquello de “dad de beber al sediento”.
Y diciendo que sí a todo, salieron hacia
sus aposentos con los cuerpos llenos de asco, pero con olor de santidad en sus
almas.
Al día siguiente, el alegre líquido corrió
generoso en el tajo, y el hermano Cipriano continuó ganando fama entre los
obreros. Recuerdo que hubo vino en abundancia hasta la siega.
Con la
sonrisa en los labios, los relojes avisando de la proximidad del lunes y la
ponchera vacía, la cuadrilla de amigos se despidió hasta el próximo domingo.
Cosme Jiménez (04-12-09)
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