La estilográfica. Cosme Jiménez
El agradable olor de la fermentación impregnaba todos los rincones del pueblo. Después de comer empezamos a hacer mostillo. Tres horas después salí a la calle y di la voz. Mis amigos se presentaron al instante con su cuchara para apurar la caldera. Vinieron felices y se fueron aún más. Por la noche no cené; imagino que ellos tampoco. Cuando tocaba “apure”, terminábamos empachados.
Aquel domingo
otoñal, acostado en mi banca, feliz por haber sido el protagonista, notaba con
agrado el calor de las ascuas que aún quedaban en el fogón. Pero el tiempo
pasaba y los ojos se resistían a cerrarse. No es que tuviera pesadillas; es que
me dio por pensar en una rara conversación entre el hermano Cipriano y su
mujer. Ocurrió el día anterior en el
corralón de las amas mientras jugaba con Pepín.
El
hermano llegaba de la quintería después de una larga semana. Su mujer salió a recibirlo y a
preguntarle qué tal se le había dado. Pero él no contestaba a nada; no hacía
más que decir: “prepárate que traigo la
estilográfica cargada”. Yo estaba
algo confuso. El hermano siempre tenía un lapicillo en la cartera, pero nunca
le había visto una estilográfica. Encontraba raro que por muy listo que fuera,
tuviera un instrumento así; y menos un hombre de campo. Él continuaba con lo de
la pluma: “viene que se sale; menuda
viene la estilográfica”. Y yo, por más que le miraba en el bolsillo de la
chaqueta, no veía ninguna mancha de tinta. Al poco rato, cuando las mulas
bebieron agua y tuvieron su pienso en el pesebre, se dirigió a sus aposentos
con su mujer, pues vivían en unas habitaciones del corral. De camino, no paraba
de decir: “vaya firma que vamos a echar”.
Su mujer, que le seguía la corriente en todo, pues ella parecía comprender,
exclamaba mirándole a los ojos con dulzura: ¡“a
lo mejor te sale un borrón”! Pepín tampoco entendió nada ni había visto
jamás la enigmática pluma. Me contó que
todos los sábados que venía de la quintería decía lo mismo; y que él creía que
se pasaban a la habitación para escribirle a un primo que tenían en Barcelona.
En mi
cama, calentito como todos los domingos en los que sobraba la lumbre, no
acertaba a comprender el misterio de la
estilográfica. Yo creo que lo que más coraje me daba era recordar que las
beatas sí lo entendían, porque, aunque disimulaban, se reían de la conversación
con una mueca maliciosa que reflejaba envidia. ¡Como
si ellas no tuvieran dinero para comprar una!
Cosme Jiménez Villahermosa
Ciudad
Real, enero-febrero 2010
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