sábado, 9 de mayo de 2015

La estilográfica. Cosme Jiménez

La estilográfica. Cosme Jiménez

El agradable olor de la fermentación impregnaba todos los rincones del pueblo. Después de comer empezamos a hacer mostillo. Tres horas después salí a la calle y di la voz. Mis amigos se presentaron al instante con su cuchara para apurar la caldera. Vinieron felices y se fueron aún más. Por la noche no cené; imagino que ellos tampoco. Cuando tocaba “apure”, terminábamos empachados.
Aquel domingo otoñal, acostado en mi banca, feliz por haber sido el protagonista, notaba con agrado el calor de las ascuas que aún quedaban en el fogón. Pero el tiempo pasaba y los ojos se resistían a cerrarse. No es que tuviera pesadillas; es que me dio por pensar en una rara conversación entre el hermano Cipriano y su mujer.  Ocurrió el día anterior en el corralón de las amas mientras jugaba con Pepín.
El hermano llegaba de la quintería después de una larga  semana. Su mujer salió a recibirlo y a preguntarle qué tal se le había dado. Pero él no contestaba a nada; no hacía más que decir: “prepárate que traigo la estilográfica cargada”.  Yo estaba algo confuso. El hermano siempre tenía un lapicillo en la cartera, pero nunca le había visto una estilográfica. Encontraba raro que por muy listo que fuera, tuviera un instrumento así; y menos un hombre de campo. Él continuaba con lo de la pluma: “viene que se sale; menuda viene la estilográfica”. Y yo, por más que le miraba en el bolsillo de la chaqueta, no veía ninguna mancha de tinta. Al poco rato, cuando las mulas bebieron agua y tuvieron su pienso en el pesebre, se dirigió a sus aposentos con su mujer, pues vivían en unas habitaciones del corral. De camino, no paraba de decir: “vaya firma que vamos a echar”. Su mujer, que le seguía la corriente en todo, pues ella parecía comprender, exclamaba mirándole a los ojos con dulzura: ¡“a lo mejor te sale un borrón”! Pepín tampoco entendió nada ni había visto jamás la enigmática  pluma. Me contó que todos los sábados que venía de la quintería decía lo mismo; y que él creía que se pasaban a la habitación para escribirle a un primo que tenían en Barcelona.
En mi cama, calentito como todos los domingos en los que sobraba la lumbre, no acertaba a comprender  el misterio de la estilográfica. Yo creo que lo que más coraje me daba era recordar que las beatas sí lo entendían, porque, aunque disimulaban, se reían de la conversación con una mueca maliciosa que reflejaba envidia. ¡Como si ellas no tuvieran dinero para comprar una!
                                                                                             Cosme Jiménez Villahermosa

Ciudad Real, enero-febrero 2010

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