El hilo de Ariadna
Y
allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de
cine, el barco pirata y aquella nave espacial que aún rota
nunca me expliqué cómo flotaba en el aire. Ya no me acordaba de aquella balanza
cubierta de telarañas, de aquellas pequeñitas arañas, insignificantes, no más
grandes que una cabeza de alfiler que, juro por todos los santos, la
inclinaban hasta marcar cien quilos. De pequeño jugaba con ella y ello hizo
posible que pudiera resolver en la escuela el problema de las pesas de Bachet
de Meziriac. Mi padre, aconsejado por mi viejo maestro, decidió que estudiaría
matemáticas. Y aprendí logaritmos, derivadas, integrales… y todo tipo de
números: enteros, racionales, irracionales,
complejos, trascendentes… tan trascendentes que por eso más
tarde conocí y manipulé otros números: los de la bolsa, los rojos, los de
los desahucios, los de las mentiras…los únicos verdaderos. ¡Maldita
balanza!
Esperé
muchos años para volver a la casa donde pasé mi niñez. La balanza fue uno de los
muchos objetos que despertaron en mí los fantasmas que creía tener encerrados
en un laberinto inescrutable. Pero deseaba meterme en ese laberinto y me metí
en sus profundidades. Instalado en su interior, empecé a tirar de todos los hilos que veía perdidos en sus pasillos.
Trataba de desenrollarlos hasta llegar al principio, como si esto fuera fácil
en la vida de los ovillos mal enrollados y no hubiese sido necesario deshacer
nudos ni desenredar marañas. El proceso exigía mucho tiempo y mucha paciencia. Aquel
laberinto era tremendamente inextricable y continuamente me topaba con
callejones que me obligaban a regresar al punto de partida. Había pasado mucho
tiempo y no conseguía encontrar la salida. A veces pensaba que era mejor quedarme
allí encerrado. Quizás tuviera miedo a salir y no hallar a nadie que me recibiese.
Tardé demasiado tiempo en comprender que el secreto de
una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Me
resistía a iniciar esa etapa final. Yo aparentaba ser un hombre sensato y
sensible, seguramente encerrado en una apariencia de seriedad, ¿o diría mejor formalidad?, pero eso ahora no importa. Mi vida
transcurría dentro de una normalidad programada. Era una persona rodeada y
protegida por sus “seres queridos”. ¡Qué lejos estaba la soledad! A mi
alrededor una atmósfera artificial impedía ver con nitidez una realidad que el
tiempo no perdona. A las personas maduras, al igual que a los jóvenes cuando
abandonan el nido, les llega también el
momento de entrar en esa temida espiral de incertidumbre y soledad y ¿quién no
teme esa travesía por el desierto?
Sí, tenía la sensación de estar encerrado en un laberinto
desconocido; muy asustado, y demasiado precavido, para abrir algunas de sus
puertas. No quería perderme solo por algunos de esos interminables pasillos.
Buscaba compañía con palabras, que utilizaba con
desespero, como piedras colocadas en la
corriente de un río para poder ir de una a otra orilla. Lo malo es
que a veces se construyen esos puentes y nadie los usa, pues ese lado a donde
tú quieres que vayan es tuyo, tan tuyo que carece de interés para los demás. Muchas
veces me sentía como un peregrino solitario en el camino de Santiago que encontraba
a otros como él. Sin darse cuenta caminaban juntos; no hablaban mucho pero, sin
un acuerdo tácito, hacían los mismos descansos, intercambiaban su comida, y terminaban acostándose en el mismo albergue.
Mi
vida podría haber sido una aventura apasionante si no hubiera tenido miedo a
explorar esos laberintos a los cuales me conducía el destino. Debería haberlos
recorrido sin miedo, arriesgando. Sí, probablemente habría caído en muchas
trampas que me habrían llevado a lugares descoloridos, mucho peores que los
pozos sin luz, pues estos siempre permiten tantear y encontrar el hilo de
Ariadna.
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