domingo, 31 de mayo de 2015

José Luis Carlavilla: El hilo de Ariadna

El hilo de Ariadna

            Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata  y aquella nave espacial que aún rota nunca me expliqué cómo flotaba en el aire. Ya no me acordaba de aquella balanza cubierta de telarañas, de aquellas pequeñitas arañas, insignificantes, no más grandes que una cabeza de alfiler que, juro  por todos los santos, la inclinaban hasta marcar cien quilos. De pequeño jugaba con ella y ello hizo posible que pudiera resolver en la escuela el problema de las pesas de Bachet de Meziriac. Mi padre, aconsejado por mi viejo maestro, decidió que estudiaría matemáticas. Y aprendí logaritmos, derivadas, integrales… y todo tipo de números: enteros, racionales, irracionales, complejos, trascendentes… tan trascendentes que por eso más tarde conocí y manipulé otros números: los de la bolsa, los rojos, los de los desahucios, los de las mentiras…los únicos verdaderos. ¡Maldita balanza!
            Esperé muchos años para volver a la casa donde pasé mi niñez. La balanza fue uno de los muchos objetos que despertaron en mí los fantasmas que creía tener encerrados en un laberinto inescrutable. Pero deseaba meterme en ese laberinto y me metí en sus profundidades. Instalado en su interior, empecé a tirar de todos los hilos que veía perdidos en sus pasillos. Trataba de desenrollarlos hasta llegar al principio, como si esto fuera fácil en la vida de los ovillos mal enrollados y no hubiese sido necesario deshacer nudos ni desenredar marañas. El proceso exigía mucho tiempo y mucha paciencia. Aquel laberinto era tremendamente inextricable y continuamente me topaba con callejones que me obligaban a regresar al punto de partida. Había pasado mucho tiempo y no conseguía encontrar la salida. A veces pensaba que era mejor quedarme allí encerrado. Quizás tuviera miedo a salir y no hallar a nadie que me recibiese.
            Tardé demasiado tiempo en comprender que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Me resistía a iniciar esa etapa final. Yo aparentaba ser un hombre sensato y sensible, seguramente encerrado en una apariencia de seriedad, ¿o diría mejor formalidad?,  pero eso ahora no importa. Mi vida transcurría dentro de una normalidad programada. Era una persona rodeada y protegida por sus “seres queridos”. ¡Qué lejos estaba la soledad! A mi alrededor una atmósfera artificial impedía ver con nitidez una realidad que el tiempo no perdona. A las personas maduras, al igual que a los jóvenes cuando abandonan el nido, les llega  también el momento de entrar en esa temida espiral de incertidumbre y soledad y ¿quién no teme esa travesía por el desierto?
            Sí, tenía la sensación de estar encerrado en un laberinto desconocido; muy asustado, y demasiado precavido, para abrir algunas de sus puertas. No quería perderme solo por algunos de esos interminables pasillos. Buscaba compañía con palabras, que utilizaba con desespero, como piedras colocadas  en la corriente de un río para poder ir de una a otra orilla.  Lo malo es que a veces se construyen esos puentes y nadie los usa, pues ese lado a donde tú quieres que vayan es tuyo, tan tuyo que carece de interés para los demás. Muchas veces me sentía como un peregrino solitario en el camino de Santiago que encontraba a otros como él. Sin darse cuenta caminaban juntos; no hablaban mucho pero, sin un acuerdo tácito, hacían los mismos descansos, intercambiaban  su comida, y terminaban acostándose  en el mismo albergue.
            Mi vida podría haber sido una aventura apasionante si no hubiera tenido miedo a explorar esos laberintos a los cuales me conducía el destino. Debería haberlos recorrido sin miedo, arriesgando. Sí, probablemente habría caído en muchas trampas que me habrían llevado a lugares descoloridos, mucho peores que los pozos sin luz, pues estos siempre permiten tantear y encontrar el hilo de Ariadna.

            

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