EL SECRETO DE CONFESIÓN
Recuerdo
que aquella desapacible tarde de domingo era 1 de marzo. La chimenea zumbaba
como el tubo de un órgano. Antes de que llegara la cuadrilla, y mientras mi
padre preparaba la zurra, yo iba y venía al corral chico para acarrear cepas. El
frío pedía una lumbre recia; no el rescoldo de paja de yeros que mi madre y yo
teníamos el resto de la semana.
Los
amigos fueron llegando. Iban colocando las pellizas en el respaldo de su silla para
que les protegiera del chorro de aire
que pasaba por la puerta entornada, pero necesario para que la chimenea no
hiciera humo. Poco después, mi padre sacó la baraja de segunda mano que había
comprado en La
Sociedad Cultural. La noche antes estuvimos limpiando con
alcohol, uno a uno, los naipes mugrientos.
El tute
y los vasos de zurra que yo repartía, comenzaron a la vez. Mientras, mi madre
preparaba una ensalada con bonito y tomate para picar en los descansos. Las
expresiones “técnicas” empezaron a aparecer: “dale gordo”, “tantos”, “fuillo”,
“arrastra”; y aquella a la que yo nunca le encontraba la gracia: “a ver quién
tiene un nabo más grande que éste”, que decían entre risas cuando tiraban el as
de bastos. Y así toda la tarde y parte de la noche.
Los
domingos que tocaba la zurra en mi casa, no me iba con mis amigos. Además de
que me gustaba repartir los vasos, me daban una perra chica los que ganaban.
Cuando juntaba suficiente, me compraba “gominolas” y tetillas de monja en la
tienda de la hermana Magdalena. Luego estaban también las anécdotas que contaban
del hermano Cipriano, al finalizar el juego. Este día que refiero, también
contaron una. Sonaron los últimos golpes con los nudillos sobre el tapete y
dieron por terminada la partida. Me apresuré a repartirles el último “culillo” hasta
apurar la ponchera. La conversación se animó. Finalmente, Diego se decidió a
contar lo del secreto de confesión.
— Ya sabéis el postín que se dan las hermanas
Diez con las cosas de la
Iglesia. Pues un día salieron al corral para intentar
convencer al hermano Cipriano de que fuera a misa y se confesara. Él les argumentó
que no se fiaba de los curas porque todo lo chismorreaban. Las amas,
contrariadas, se escandalizaron de tales comentarios y no dejaban de santiguarse.
Pero
a los pocos días, el hermano Cipriano escondió en la pajera una de las dos mantas marrones que
tenía en la cuadra de las mulas y se fue a confesar. Le dijo al cura que había
tenido una mala tentación y le había quitado a las amas una manta verde con
cuadros para la cama de su hijo, y que
ahora la guardaba en la pajera hasta que, en un descuido de ellas, se la
pudiera llevar a su casa. Le rogó al cura que lo perdonara porque era por
necesidad. El cura le recordó que nunca está justificado robar, le insistió en que
la devolviera y que, si estaba arrepentido, le pidiera perdón a las amas. Al
día siguiente por la mañana, las dos hermanas, con cara de arpías, se presentaron en el corral para preguntarle
al hermano que dónde estaba la manta verde de cuadros, que hacía algunos días que
no la veían. Entonces él, que esperaba el momento, les explicó:
—
“Pero si ustedes nunca han sabido cuántas mantas hay. Deben estar en un error.
Sólo tenemos una y está ahí colgada en la estaca. No sé por qué preguntan”.
Tanto
negó el hermano, que las beatas de las
amas le aconsejaron que mirara en la pajera por si se le hubiera caído en
un descuido. Entonces, Cipriano, sacando
la manta de entre la paja, les dijo con sonrisa de pícaro:
_
“Aquí está lo que buscan, pero es marrón como la otra. No sabrían ustedes tanto
si no se lo hubiera dicho el cura. ¡Por eso no me gusta confesarme con esos pájaros!”.
Y
las hermanas, avergonzadas y ridiculizadas por la sabiduría de su jornalero, se
fueron diciendo “señor, señor, qué hombre éste”.
Reímos
la anécdota como si fuera la primera vez que la contara.
Al poco
rato todos se habían marchado. Mi padre se fue a echarle un pienso a las mulas
y yo me senté al lado de mi madre delante de la chimenea. Ella no paraba de
rescoldar para disimular su tristeza. Sabíamos
que era el día del Ángel de la
Guarda y recordábamos que, hacía pocos meses, una pulmonía se
había llevado a mi hermano Ángel. “Se voló el Angelillo”, —me dijo con los ojos
brillantes.
Aquella
noche mis padres me dieron los besos míos y los de él.
Cosme Jiménez Villahermosa
Ciudad Real, enero-febrero 2010
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