domingo, 31 de mayo de 2015

Cosme Jiménez Villahermosa: El secreto de confesión

EL SECRETO DE CONFESIÓN

Recuerdo que aquella desapacible tarde de domingo era 1 de marzo. La chimenea zumbaba como el tubo de un órgano. Antes de que llegara la cuadrilla, y mientras mi padre preparaba la zurra, yo iba y venía al corral chico para acarrear cepas. El frío pedía una lumbre recia; no el rescoldo de paja de yeros que mi madre y yo teníamos el resto de la semana.
Los amigos fueron llegando. Iban colocando las pellizas en el respaldo de su silla para que les  protegiera del chorro de aire que pasaba por la puerta entornada, pero necesario para que la chimenea no hiciera humo. Poco después, mi padre sacó la baraja de segunda mano que había comprado en La Sociedad Cultural. La noche antes estuvimos limpiando con alcohol, uno a uno, los naipes mugrientos.
El tute y los vasos de zurra que yo repartía, comenzaron a la vez. Mientras, mi madre preparaba una ensalada con bonito y tomate para picar en los descansos. Las expresiones “técnicas” empezaron a aparecer: “dale gordo”, “tantos”, “fuillo”, “arrastra”; y aquella a la que yo nunca le encontraba la gracia: “a ver quién tiene un nabo más grande que éste”, que decían entre risas cuando tiraban el as de bastos. Y así toda la tarde y parte de la noche.
Los domingos que tocaba la zurra en mi casa, no me iba con mis amigos. Además de que me gustaba repartir los vasos, me daban una perra chica los que ganaban. Cuando juntaba suficiente, me compraba “gominolas” y tetillas de monja en la tienda de la hermana Magdalena. Luego estaban también las anécdotas que contaban del hermano Cipriano, al finalizar el juego. Este día que refiero, también contaron una. Sonaron los últimos golpes con los nudillos sobre el tapete y dieron por terminada la partida. Me apresuré a repartirles el último “culillo” hasta apurar la ponchera. La conversación se animó. Finalmente, Diego se decidió a contar lo del secreto de confesión.
Ya sabéis el postín que se dan las hermanas Diez con las cosas de la Iglesia. Pues un día salieron al corral para intentar convencer al hermano Cipriano de que fuera a misa y se confesara.  Él  les argumentó que no se fiaba de los curas porque todo lo chismorreaban. Las amas, contrariadas, se escandalizaron de tales comentarios y no dejaban de santiguarse.   
Pero a los pocos días, el hermano Cipriano escondió en  la pajera una de las dos mantas marrones que tenía en la cuadra de las mulas y se fue a confesar. Le dijo al cura que había tenido una mala tentación y le había quitado a las amas una manta verde con cuadros para la cama de su hijo, y  que ahora la guardaba en la pajera hasta que, en un descuido de ellas, se la pudiera llevar a su casa. Le rogó al cura que lo perdonara porque era por necesidad. El cura le recordó que nunca está justificado robar, le insistió en que la devolviera y que, si estaba arrepentido, le pidiera perdón a las amas. Al día siguiente por la mañana, las dos hermanas, con cara de arpías,  se presentaron en el corral para preguntarle al hermano que dónde estaba la manta verde de cuadros, que hacía algunos días que no la veían. Entonces él, que esperaba el momento, les explicó:
— “Pero si ustedes nunca han sabido cuántas mantas hay. Deben estar en un error. Sólo tenemos una y está ahí colgada en la estaca. No sé por qué preguntan”.
Tanto negó el hermano,  que las beatas de las amas le aconsejaron que mirara en la pajera por si se le hubiera caído en un  descuido. Entonces, Cipriano, sacando la manta de entre la paja, les dijo con sonrisa de pícaro:
_ “Aquí está lo que buscan, pero es marrón como la otra. No sabrían ustedes tanto si no se lo hubiera dicho el cura. ¡Por eso no me gusta confesarme con esos pájaros!”.
Y las hermanas, avergonzadas y ridiculizadas por la sabiduría de su jornalero, se fueron diciendo “señor, señor, qué hombre éste”.
Reímos la anécdota como si fuera la primera vez que la contara.
Al poco rato todos se habían marchado. Mi padre se fue a echarle un pienso a las mulas y yo me senté al lado de mi madre delante de la chimenea. Ella no paraba de rescoldar para disimular su tristeza.  Sabíamos que era el día del Ángel de la Guarda y recordábamos que, hacía pocos meses, una pulmonía se había llevado a mi hermano Ángel. “Se voló el Angelillo”, —me dijo con los ojos brillantes.
Aquella noche mis padres me dieron los besos míos y los de él.
                                                                         
      Cosme Jiménez Villahermosa
                                                                 Ciudad Real, enero-febrero 2010


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