Mi profesora del taller de Literatura se llama Carmela. Tiene un blog titulado: "El oficio de la palabra", que podéis consultar en:
http://carmelafischer.blogspot.com.es/
En
dicho blog ella hace esta presentación: "Me llamo Carmela Fischer y hace
más de quince años que me dedico a entrenar y a asesorar a escritores. Soy
doctora en Filología hispánica y siento pasión por la literatura, la Teoría literaria y la Sociolingüística.. .
Soy una persona profunda y me tomo muy en serio lo que hago.
Eso significa que no encontraréis aquí lugares comunes o superficialidades para
quedar bien. Escribir significa jugarse el todo por el todo, comprometerse con
uno mismo, conocer, sentir y pensar el mundo de manera original y autónoma.
Para escribir hay que ser valiente, osado e independiente..."
Como alumno suyo, opino que es una persona apasionada con su oficio. En sus clases nos cautiva trasmitiendo esa pasión. Nos atrapa con sus palabras compartiendo con nosotros ese saber y buen gusto porla Literatura que ella
tiene. Soy nuevo en esta aventura de aprender a escribir. Gracias a Carmela estoy
empezando a disfrutar de la Literatura. Ahora escribo y leo de otra forma.
Como alumno suyo, opino que es una persona apasionada con su oficio. En sus clases nos cautiva trasmitiendo esa pasión. Nos atrapa con sus palabras compartiendo con nosotros ese saber y buen gusto por
Los creadores de luz. Carmela Fischer
Cuenta la leyenda que hace muchos años, cientos, vivía en una casa a la orilla del mar un carpintero con su esposa y su hijo. A medida que crecía, el niño fue aprendiendo el oficio del padre, pero como le encantaba el mar, en lugar de construir sillas, mesas y armarios, comenzó a construir barcos. Primero, pequeños, para jugar, y después más grandes, hasta que pudo navegar en ellos.
Cuenta la leyenda que el joven
constructor de barcos recorrió todos los mares hasta que un día quiso regresar
a su casa.
El padre lo esperaba impaciente,
pensando en la cantidad de aventuras que su hijo tendría para contarle. La
madre también lo esperaba.
Aquella mañana, el viento se
escuchaba entre los acantilados. Una tormenta devastadora revolvía las
profundidades del mar y la espuma y como una bandada de pájaros blancos, iluminaba
el cielo.
Mientras tanto, el carpintero y
su esposa seguían mirando el horizonte, escudriñando las olas en busca de su
hijo. Pasó el día y se hizo de noche.
Cuenta la leyenda que en aquella
época, el pueblo en el que vivían aún no tenía faro. Los barcos llegaban a la
costa guiados por fogatas que los vecinos encendían en lugares altos. Pero el
carpintero, que conocía las tempestades, sabía que la de esa noche era más
oscura que las demás y que las fogatas serían insuficientes.
La gente del pueblo, preocupada,
se reunió ante la casa del carpintero para acompañarlo en su espera.
Encendieron fuegos, como de costumbre, y echaron más y más leña, pero la
tormenta ennegrecía el cielo y estaban seguros de que sería imposible ver las
llamas desde el agua. El viento que venía del mar traía una llovizna salada.
La madre lloró. Si el hijo no
distinguía el fuego se perdería para siempre en el mar embravecido. Entonces el
carpintero, el padre, roció los cimientos de su casa con alquitrán y tomando un
leño encendido, prendió fuego a su casa de madera.
Cuenta la leyenda que jamás hubo
una fogata que diera más luz que aquella y el hijo del carpintero, ciego entre
las olas, supo por fin dónde estaba la costa, su hogar.
Cuenta la leyenda que el joven
construyó una casa nueva para sus padres con maderas perfumadas y que desde ese
día dejó para siempre el mar y se dedicó a fabricar velas. Cada vez que
encendía una, el joven capitán rememoraba el momento en que la muerte parecía
inevitable y la claridad acudió en su ayuda.

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