martes, 12 de mayo de 2015

Los creadores de luz. Carmela Fischer

       
  Mi profesora del taller de Literatura se llama Carmela. Tiene un blog titulado: "El oficio de la palabra", que podéis consultar en:   
http://carmelafischer.blogspot.com.es/
            En dicho blog ella hace esta presentación: "Me llamo Carmela Fischer y hace más de quince años que me dedico a entrenar y a asesorar a escritores. Soy doctora en Filología hispánica y siento pasión por la literatura, la Teoría literaria y la Sociolingüística... Soy una persona profunda y me tomo muy en serio lo que hago. Eso significa que no encontraréis aquí lugares comunes o superficialidades para quedar bien. Escribir significa jugarse el todo por el todo, comprometerse con uno mismo, conocer, sentir y pensar el mundo de manera original y autónoma. Para escribir hay que ser valiente, osado e independiente..."
Como alumno suyo, opino que es una persona apasionada con su oficio. En sus clases nos cautiva trasmitiendo esa pasión. Nos atrapa con sus palabras compartiendo con nosotros ese saber y buen gusto por la Literatura que ella tiene. Soy nuevo en esta aventura de aprender a escribir. Gracias a Carmela estoy empezando a disfrutar de la Literatura. Ahora escribo y leo de otra forma. 

Los creadores de luz. Carmela Fischer

Cuenta la leyenda que hace muchos años, cientos, vivía en una casa a la orilla del mar un carpintero con su esposa y su hijo. A medida que crecía, el niño fue aprendiendo el oficio del padre, pero como le encantaba el mar, en lugar de construir sillas, mesas y armarios, comenzó a construir barcos. Primero, pequeños, para jugar, y después más grandes, hasta que pudo navegar en ellos.
Cuenta la leyenda que el joven constructor de barcos recorrió todos los mares hasta que un día quiso regresar a su casa.
El padre lo esperaba impaciente, pensando en la cantidad de aventuras que su hijo tendría para contarle. La madre también lo esperaba.
Aquella mañana, el viento se escuchaba entre los acantilados. Una tormenta devastadora revolvía las profundidades del mar y la espuma y como una bandada de pájaros blancos, iluminaba el cielo.
Mientras tanto, el carpintero y su esposa seguían mirando el horizonte, escudriñando las olas en busca de su hijo. Pasó el día y se hizo de noche.
Cuenta la leyenda que en aquella época, el pueblo en el que vivían aún no tenía faro. Los barcos llegaban a la costa guiados por fogatas que los vecinos encendían en lugares altos. Pero el carpintero, que conocía las tempestades, sabía que la de esa noche era más oscura que las demás y que las fogatas serían insuficientes.
La gente del pueblo, preocupada, se reunió ante la casa del carpintero para acompañarlo en su espera. Encendieron fuegos, como de costumbre, y echaron más y más leña, pero la tormenta ennegrecía el cielo y estaban seguros de que sería imposible ver las llamas desde el agua. El viento que venía del mar traía una llovizna salada.
La madre lloró. Si el hijo no distinguía el fuego se perdería para siempre en el mar embravecido. Entonces el carpintero, el padre, roció los cimientos de su casa con alquitrán y tomando un leño encendido, prendió fuego a su casa de madera.
Cuenta la leyenda que jamás hubo una fogata que diera más luz que aquella y el hijo del carpintero, ciego entre las olas, supo por fin dónde estaba la costa, su hogar.
Cuenta la leyenda que el joven construyó una casa nueva para sus padres con maderas perfumadas y que desde ese día dejó para siempre el mar y se dedicó a fabricar velas. Cada vez que encendía una, el joven capitán rememoraba el momento en que la muerte parecía inevitable y la claridad acudió en su ayuda. 


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