miércoles, 13 de mayo de 2015

Refranes y cuadros. Angela de los Reyes



Ángela de los Reyes (Ciudad Real, 1958) ha sido alumna mía durante varios años: en el taller de escritura creativa y en el taller de Narración Oral, que impartimos con Aldo Méndez y Guillermo Burgos en la Biblioteca Pública del Estado de Ciudad Real. 
Su escritura es muy personal e intensa.  Mira el mundo con ojos de poeta y bucea profundo en los sentimientos de unos personajes que se desplazan, a menudo solitarios, en un espacio en el que las cosas poseen una carga lírica inusitada. 
                                                                       Carmela Fischer Díaz




Refranes y cuadros. Angela de los Reyes

¡Tienes la cabeza llena de pájaros! ¡Estás más loca que una cabra! Frases como esas las repetía su madre desde que se levantaba hasta que se acostaba.
 Olga bebe  una copa de vino.  Sus pensamientos se elevan como la espiral del humo del cigarro que lentamente se consume entre sus dedos, deslizándose en los recuerdos de su niñez.
Evoca aquél día que empezó como cualquier otro ,con su madre recitando refranes. La arregló  con un vestido abarrotado  de puntillas y lazos, que Olga odiaba, la peino con el pelo tan tirante que sus ojos adquirieron una expresión de muñeca oriental  y literalmente la arrastró hasta la consulta del psicólogo. Olga lloraba a lágrima viva , y entre hipos , prometía a su madre que sería obediente y jamás pintaría en las paredes de su habitación . Su madre al oír la promesa se paró en seco y con un dedo en alto sentenció “ Las promesas son como la costra de un pastel : están hechas para ser rotas”. Olga no entendió nada , pero cuando la dejaron sentada en un  sillón color burdeos con las piernas colgando, mientras el médico y su madre hablaban dándole la espalda, aquél refrán se cumplió como casi todos los que salían de la boca de su madre. Ella sacó un bolígrafo que había escondido en el bolsillo de su  vestido y   decoró aquel  sofá  tan soso.
Su madre  luchó por extirpar las manifestaciones artísticas de Olga. Ambas visitaron  a casi todos los psicólogos de la comarca, además de chamanes , curanderos y otros personajes cuyas profesiones estaban sin catalogar. Nada dio resultado, por lo menos el resultado que la madre de Olga esperaba. Olga pintaba en las servilletas, en los pupitres, en los  vestidos, en los bolsos, en las paredes y cuando no tenía donde , en su cuerpo. Olga aún oye la voz de su madre llamándola a gritos y su propia voz contestando  su sempiterno “Ya voy”, a lo que su madre  replicaba “por la calle del Ya voy se llega a la casa del Nunca”.

Ahora contempla su imagen reflejada en uno de los cristales de la sala de exposiciones, una mujer enfundada en un  impecable vestido negro que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel, fumando como la protagonista de una película  americana en blanco y negro, observa   sus cuadros colgados en una de las mejores salas de Nueva York.  En sus pinturas aparecen  pájaros multicolores brotando   de las cabezas de las personas,  cabras  que se maquillan los ojos y pintan sus belfos con carmín, liebres corriendo entre las olas de un mar embravecido,  vacas gordas comiendo billetes de quinientos  euros… Se detiene  en el último, el que más elogios  ha cosechado. Una mujer mayor con el pelo  blanco desenreda  su larga melena con un peine confeccionado con refranes que se prenden en los mechones de su cabellera y chorrean libres estampando de colores  su vestido blanco hasta los  pies.
Olga piensa en voz alta ¡ Ay mamá lo que daría por que estuvieras hoy aquí!  Una lágrima siembra un sendero en el perfecto maquillaje de su rostro.
De pronto,  el cuadro de las vacas gordas se descuelga  estrellándose  contra el suelo . La tarjeta con el título del cuadro vuela  a sus pies

“Cada uno es hijo de sus obras”.

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