Ángela de los Reyes (Ciudad Real, 1958) ha sido alumna mía durante varios años: en el taller de escritura creativa y en el taller de Narración Oral, que impartimos con Aldo Méndez y Guillermo Burgos en la Biblioteca Pública del Estado de Ciudad Real.
Su escritura es muy personal e intensa. Mira el mundo con ojos de poeta y bucea profundo en los sentimientos de unos personajes que se desplazan, a menudo solitarios, en un espacio en el que las cosas poseen una carga lírica inusitada.
Su escritura es muy personal e intensa. Mira el mundo con ojos de poeta y bucea profundo en los sentimientos de unos personajes que se desplazan, a menudo solitarios, en un espacio en el que las cosas poseen una carga lírica inusitada.
Carmela Fischer Díaz
Refranes y cuadros. Angela de los Reyes
¡Tienes la cabeza llena de
pájaros! ¡Estás más loca que una cabra! Frases como esas las repetía su madre
desde que se levantaba hasta que se acostaba.
Olga bebe una copa de vino. Sus pensamientos se elevan como la espiral
del humo del cigarro que lentamente se consume entre sus dedos, deslizándose en
los recuerdos de su niñez.
Evoca aquél día que empezó
como cualquier otro ,con su madre recitando refranes. La arregló con un vestido abarrotado de puntillas y lazos, que Olga odiaba, la
peino con el pelo tan tirante que sus ojos adquirieron una expresión de muñeca
oriental y literalmente la arrastró hasta
la consulta del psicólogo. Olga lloraba a lágrima viva , y entre hipos ,
prometía a su madre que sería obediente y jamás pintaría en las paredes de su
habitación . Su madre al oír la promesa se paró en seco y con un dedo en alto
sentenció “ Las promesas son como la costra de un pastel : están hechas para
ser rotas”. Olga no entendió nada , pero cuando la dejaron sentada en un sillón color burdeos con las piernas colgando,
mientras el médico y su madre hablaban dándole la espalda, aquél refrán se cumplió
como casi todos los que salían de la boca de su madre. Ella sacó un bolígrafo
que había escondido en el bolsillo de su
vestido y decoró aquel sofá
tan soso.
Su madre luchó por extirpar las manifestaciones
artísticas de Olga. Ambas visitaron a
casi todos los psicólogos de la comarca, además de chamanes , curanderos y
otros personajes cuyas profesiones estaban sin catalogar. Nada dio resultado,
por lo menos el resultado que la madre de Olga esperaba. Olga pintaba en las
servilletas, en los pupitres, en los
vestidos, en los bolsos, en las paredes y cuando no tenía donde , en su
cuerpo. Olga aún oye la voz de su madre llamándola a gritos y su propia voz
contestando su sempiterno “Ya voy”, a lo
que su madre replicaba “por la calle del
Ya voy se llega a la casa del Nunca”.
Ahora contempla su imagen
reflejada en uno de los cristales de la sala de exposiciones, una mujer
enfundada en un impecable vestido negro
que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel, fumando como la protagonista de
una película americana en blanco y
negro, observa sus cuadros colgados en
una de las mejores salas de Nueva York.
En sus pinturas aparecen pájaros
multicolores brotando de las cabezas de
las personas, cabras que se maquillan los ojos y pintan sus belfos
con carmín, liebres corriendo entre las olas de un mar embravecido, vacas gordas comiendo billetes de quinientos euros… Se detiene en el último, el que más elogios ha cosechado. Una mujer mayor con el
pelo blanco desenreda su larga melena con un peine confeccionado
con refranes que se prenden en los mechones de su cabellera y chorrean libres
estampando de colores su vestido blanco
hasta los pies.
Olga piensa en voz alta ¡ Ay
mamá lo que daría por que estuvieras hoy aquí!
Una lágrima siembra un sendero en el perfecto maquillaje de su rostro.
De pronto, el cuadro de las vacas gordas se
descuelga estrellándose contra el suelo . La tarjeta con el título del
cuadro vuela a sus pies
“Cada uno es hijo de sus
obras”.
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