Enrique comenzó a escribir con timidez; como jugando. Y a medida que escribía fue descubriendo que tenía muchas historias para contar y que podía hacerlo con soltura. Su universo está plagado de poesía y de cosas sencillas. El campo, el río, la amistad y la infancia son algunos de sus temas preferidos, que aborda con sutileza exquisita.
Carmela Fischer Díaz
Mi colchón. Enrique Garrido
Mi colchón. Enrique Garrido
No consigo dormir bien y trato de relajarme para descansar mejor. La cama al hacer un movimiento se queja por el desgaste —digo yo— de los muelles del colchón.
Doy vueltas y más vueltas probando mil posiciones. No hay forma. “Otra noche en vela —pensé— porque
vuelve a quejarse el colchón”
Tuve la
idea de sacar de la habitación un
voluminoso armario, para evitar, que en un posible arranque de pasión, me
decidiera a practicar algún que otro salto brusco, y terminara rompiéndome
el esternón.
Ignoro
cómo se han deteriorado sus muelles con el
trato que le doy, mis movimientos son suaves, de posturas armoniosas,
ajustadas, nada bruscas, cariñosas y mimosas, aunque es cierto que en diez años y con mis cien kilos, estos han sido
un montón.
Tendré
que ir a comprarme un colchón moderno, y me llevaré el que mejor se adapte a mi
cuerpo. Sé que hay gran variedad: de
espuma, agua, látex, muelles... cualquiera de ellos me
servirá con una condición: que no sea
gritón.
Bien entrada la tarde me acerqué
a una tienda, donde me atendió un señor:
—Dígame
usted, caballero.
—Quiero
un colchón viscoelástico, para cama de matrimonio.
—Lo
siento—respondió después de un insondable silencio— el último que tenía se lo
acaban de llevar.
—¡Qué
mala suerte! Era un capricho con el que quería sorprender a mi mujer. Bueno, me
llevaré un colchón de agua,
me han hablado muy bien de ellos.
—No
tengo—acerté a oír, a la vez que
chachareaba consigo mismo por lo bajo.
—¡Qué
fatalidad! Enséñeme uno de espuma, por favor, si, como este que tiene aquí
fotografiado.
—Se me
acabaron ayer—me dice apático y con la
mirada ausente.
No pude más. Salgo del establecimiento,
leo el luminoso: “Colchonería La Única”
y vuelvo a entrar.
—¿Está
usted seguro de que venden colchones?— pregunté airadamente.
—Por
supuesto, a eso nos dedicamos.
—Déjeme
ver su catálogo—pedí con cortesía.
—En
estos momentos no dispongo de ninguno—respondió con los ojos enrojecidos,
brillando, quizás de una rabia contenida.
—Me
está usted poniendo nervioso— Era verdad, llevaba ya mucho tiempo en la dichosa
tienda, mientras contemplaba a través de los cristales cómo la tarde se acababa
consumiendo.
—¿Por
qué?— contesta él.
—Olvide
lo que le he dicho. ¿Puedo ver alguno de lo que llaman articulados? —le pedí, serenando la conversación, para
sofocar este armonioso descontento.
—Me
tienen que llegar dentro de unos días.
—Oiga:
¿y por qué no coloca en la puerta un
cartelito advirtiendo a los clientes que están al mínimo de existencias?
—Lo
pensaré.
—Al
ritmo que vamos de látex tampoco tendrá
—No
—¿Y de
muelles?
—Ya no
se fabrican.
Acerté
a ver, en una de las paredes, de encalado amarillento unas láminas sujetas a
unas herrumbrosas alcayatas. Descubrí que eran de ropa para camas.
—Comprendo,
solo tienen ropa de cama: sabanas, edredones, etc. y si le pido que me enseñe
un juego, me va a decir que algo le
falta.
— Puede
ser, estoy a punto de recibir las almohadas.
—Acabemos
ya. ¿Dígame qué es lo que ofrece?
Se
acercó nervioso a una mesa donde se hallaba un
ordenador, pulsó una tecla, hizo una pausa y dijo lentamente: “Toda
clase de colchones y lo que ve por aquí”
—Pero
aquí solo hay literas. El luminoso de la calle indica “Colchonería La Única”. Es verdad que son los
únicos, pero en molestar y hacer perder
el tiempo a los clientes. Admita que es
así.
—No—me
contesta con gesto amenazador.
—Insisto,
dígame ¿venden o no venden colchones?
—¡Claro
que vendemos!—recalcó elevando mucho
la voz.
—No,
usted lo que pretende es engañar a la gente. No venden colchones—, le dije ya muy acalorado.
—Si
usted lo dice…
—Pues
véndame uno.
—Le he
dicho que no me quedan ¿Cuántas veces lo
tengo que repetir?
—¿Se da
cuenta?—apostillé yo
—¿De
qué?
—De
que en realidad no venden colchones.
—Sí
vendemos colchones.
—No me
engañe. No los venden. ¡Me está haciendo perder el tiempo. Pretende
confundirme. Admita que es así. —Le dije desorientado y malhumorado y alzando
mucho la voz.
—Eso es
lo que usted dice. Vendo colchones y así
lo indica mi rótulo. No trate de confundirme, —me contestó gritando sin corrección.
—Perdóneme.
Estoy desorientado. Lo que realmente quiero es un colchón para cama de
matrimonio. Es lo que me ha traído aquí. Aconséjeme por favor, —le supliqué
—¿Cómo
lo quiere?
—De
espuma. Sí, eso es lo que quiero, ahora recuerdo, sí, un colchón de espuma.
—No
tengo
¡Y se
queda tan tranquilo!
Lo
tengo ya decidido: no quiero hablar del colchón, me rindo, mareado y empachado.
Cuando esté muy cansado, antes de entrar en la cama me tomaré un lexatin.
ENRIQUE GARRIDO
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