sábado, 9 de mayo de 2015

Mi colchón. Enrique Garrido



Enrique comenzó a escribir con timidez; como jugando. Y a medida que escribía fue descubriendo que tenía muchas historias para contar y que podía hacerlo con soltura. Su universo está plagado de poesía y de cosas sencillas. El campo, el río, la amistad y la infancia son algunos de sus temas preferidos, que aborda con sutileza exquisita. 
Carmela Fischer Díaz





Mi colchón. Enrique Garrido


No consigo dormir bien y trato de relajarme para descansar mejor.  La cama al hacer un  movimiento se queja por el desgaste —digo yo— de los muelles del  colchón.
Doy  vueltas y más vueltas probando mil posiciones. No hay forma.  “Otra noche en vela  —pensé— porque vuelve  a quejarse el colchón”
Tuve la idea de sacar de la habitación un voluminoso armario, para evitar, que en un posible arranque de pasión, me decidiera a practicar algún que otro salto brusco, y terminara  rompiéndome  el esternón.
Ignoro cómo se han deteriorado sus muelles con el  trato que le doy, mis movimientos son suaves, de posturas armoniosas, ajustadas, nada bruscas, cariñosas  y mimosas, aunque es cierto que en diez años y con mis cien kilos, estos han sido un montón.
Tendré que ir a comprarme un colchón moderno, y me llevaré el que mejor se adapte a mi cuerpo. Sé que hay gran  variedad: de espuma,  agua,  látex, muelles... cualquiera de ellos me servirá  con una condición: que no sea gritón.

Bien entrada la  tarde  me acerqué  a una  tienda,  donde me atendió  un señor:

—Dígame usted, caballero.
—Quiero un colchón viscoelástico, para cama de matrimonio.
—Lo siento—respondió después de un insondable silencio— el último que tenía se lo acaban de llevar.
—¡Qué mala suerte! Era un capricho con el que quería sorprender a mi mujer. Bueno, me llevaré  un colchón  de agua,  me han hablado muy bien de ellos.
—No tengo—acerté a oír,  a la vez que chachareaba consigo mismo por lo bajo.
—¡Qué fatalidad! Enséñeme uno de espuma, por favor, si, como este que tiene aquí fotografiado.
—Se me acabaron ayer—me dice apático y con  la mirada ausente.
 No pude más. Salgo del establecimiento, leo el luminoso: “Colchonería La Única” y vuelvo a entrar.
—¿Está usted seguro de que venden colchones?— pregunté airadamente.
—Por supuesto, a eso nos dedicamos.
—Déjeme ver su catálogo—pedí con cortesía.
—En estos momentos no dispongo de ninguno—respondió con los ojos enrojecidos, brillando, quizás de una rabia contenida.
—Me está usted poniendo nervioso— Era verdad, llevaba ya mucho tiempo en la dichosa tienda, mientras contemplaba a través de los cristales cómo la tarde se acababa consumiendo.
—¿Por qué?— contesta él.
—Olvide lo que le he dicho. ¿Puedo ver alguno de lo que llaman articulados? —le pedí, serenando la conversación, para sofocar este armonioso descontento.
—Me tienen que llegar dentro de unos días.
—Oiga: ¿y por qué no coloca  en la puerta un cartelito advirtiendo a los clientes que están al mínimo  de existencias?
—Lo pensaré.
—Al ritmo que vamos de látex tampoco tendrá
—No
—¿Y de muelles?
—Ya no se fabrican.
Acerté a ver, en una de las paredes, de encalado amarillento unas láminas sujetas a unas herrumbrosas alcayatas. Descubrí que eran de ropa para camas. 
—Comprendo, solo tienen ropa de cama: sabanas, edredones, etc. y si le pido que me enseñe un  juego, me va a decir que algo le falta.
— Puede ser, estoy a punto de recibir las almohadas.
—Acabemos ya. ¿Dígame qué es lo que ofrece?
Se acercó nervioso a una mesa donde se hallaba un  ordenador, pulsó una tecla, hizo una pausa y dijo lentamente: “Toda clase de colchones y lo que ve por aquí”
—Pero aquí solo hay literas. El luminoso de la calle indica  “Colchonería La Única”. Es verdad que son los únicos, pero en  molestar y hacer perder el tiempo a los clientes. Admita  que es así.
—No—me contesta con gesto amenazador.
—Insisto, dígame ¿venden o no venden colchones?
—¡Claro que  vendemos!—recalcó elevando  mucho  la voz.
—No, usted lo que pretende es engañar a la gente. No venden  colchones—, le dije ya muy acalorado.
—Si usted lo dice…
—Pues véndame uno.
—Le he dicho que no me quedan  ¿Cuántas veces lo tengo que repetir?
—¿Se da cuenta?—apostillé yo
—¿De qué?
—De que  en realidad no venden colchones.
—Sí vendemos colchones.
—No me engañe. No los venden. ¡Me está haciendo perder el tiempo. Pretende confundirme. Admita que es así. —Le dije desorientado y malhumorado y alzando mucho  la voz.
—Eso es lo que usted dice. Vendo colchones y  así lo indica  mi rótulo.  No trate de confundirme, —me contestó gritando sin corrección.
—Perdóneme. Estoy desorientado. Lo que realmente quiero es un colchón para cama de matrimonio. Es lo que me ha traído aquí. Aconséjeme por favor, —le supliqué
—¿Cómo lo quiere?
—De espuma. Sí, eso es lo que quiero, ahora recuerdo, sí, un colchón de espuma.
—No tengo  
¡Y se queda tan tranquilo!
Lo tengo ya decidido: no quiero hablar del colchón, me rindo, mareado y empachado. Cuando esté muy cansado, antes de entrar en la cama me tomaré un lexatin.

ENRIQUE GARRIDO

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