viernes, 12 de junio de 2015

Ángel Cano: TANAS POCASPECAS

Mi amigo Ángel Cano Vela (Ciudad Real, 1957) es profesor de Lengua española y su didáctica en la Facultad de Educación de Ciudad Real. 
Recomiendo, a los lectores de este blog la lectura de su novela "Hijos de la tierra", una novela manchega que retrata con un lenguaje sencillo y gran sentido del humor a los personajes de una larga saga familiar, quizás demasiado larga para tan pocas páginas. ¡Que corta se me hizo su lectura! Me hubiese gustado seguir conociendo más cosas de estos personajes de mi tierra reconocibles y cercanos.
Aprovecho estas líneas para agradecer a Ángel los comentarios y correcciones que hace de mis relatos. Ángel escribe muy bien y le animo a que siga haciéndolo. Todos disfrutaríamos con una nueva novela suya. 

TANAS POCASPECAS

Je, je… Como se enteren mis padres que sé leer y escribir... Será posible, la mocosa con dos años y medio y sabe escribir. No puede ser, pero… ¿cómo ha aprendido? Desde luego esta niña no es normal. Parece que los estoy oyendo. Y la verdad es que no veo qué tiene de raro. Hace tiempo que sé leer el periódico, y los anuncios que salen en la tele, y las etiquetas de las latas de conservas, y la lista de la compra de mamá, y los mensajes de los móviles, y lo que escribe mi hermana en Tuenti, y las cosas que escribe papá en Facebook… Anda que como se enterara mamá... Saben, cuando mi papá está en el ordenador yo llego despacito para que me tome sobre sus piernas. Y leo lo que escribe, y a veces, si sale un momento, entro en algunas páginas de Internet para mayores que le gustan a él, porque pone “favoritos”, o veo correos que le mandan sus amigos con unos archivos que ojo.
Les voy a contar por qué he decido escribir un diario. Lo primero porque me parece divertido, y porque algún día igual me hago famosa como Ana Frank. Hay que ver, cuánto sufrió la pobre por culpa de esos malditos nazis de mierda. Deberían hacer un juego para ir matándolos a todos con la PSP. Cuando veo al tonto de mi hermano disparando en la WI-FI me imagino que mata nazis. Y es que les tengo una manía que no los puedo ver. ¿Por qué narices odiarían tanto a los pobres judíos que no hacían nada? ¿Se acuerdan del niño del pijama de rayas? Y es que hay muchas cosas que leo o que veo en la tele y no entiendo. Y eso que soy muy lista, porque un poco raro sí que es que una niña de mi edad sepa tantas cosas y además haya aprendido a leer y a escribir sola. Saben, yo creo que es mi perinola de la suerte la que me da tanta fuerza y me despierta la imaginación. Me ha costado saber hacerla bailar, porque no es fácil, no crean. Pero cuando estoy triste o aburrida la hago bailar y enseguida se me ocurre algo o veo cosas que ni había imaginado. La encontré en el desván y desde entonces siempre la llevo encima, como un amuleto. Duermo con la perinola apretada en mi mano y así es seguro que soñaré cosas maravillosas. Decidí empezar mi diario hace algún tiempo, cuando dijeron en el telediario que acababa de morir la viejecita que protegió a Ana Frank y a su familia de los nazis. Yo ya había leído el diario de Ana sin que lo supiera mi madre, claro. Lo cogí de la habitación de mi hermana. Lloré mucho por la muerte de Miep Gies. Saben, los nombres raros se me quedan mejor. Ah, lo de leer sin ir a la escuela también le pasó a Matilda, y seguro que a más niñas. Y pienso que sólo a niñas, porque los niños son bobos de capirote y no se enteran de nada. Sólo me llevo bien con mi amigo Mario porque le gustan mis travesuras y está un poco loco. Es el único que me entiende. No pienso decirles a mis padres ni pío porque seguro que piensan que estoy embrujada o algo así. Si supieran ellos…
Vivimos en un pueblecito en el que el campo se mete dentro de las casas. Y eso me encanta. Tenemos gallinas, conejos, palomas, tres gatos, dos perros y a mi hermano Jaime, que ya les he dicho que es medio tonto. Tiene cinco años y cuando lee parece que es tartamudo. Y eso que mi mamá es maestra. Desde luego yo no pienso ir a la escuela. Mi amigo Mario y yo lo pasamos pipa correteando todo el día por ahí y haciendo de las nuestras. Fue él quien me puso “Pocaspecas” y por eso me gusta ese nombre. Pero si me lo dice mi hermano le tiro un pellizco, y el tonto va corriendo a decírselo a mamá.
Seguro que les interesa que les cuente una travesura que hice hace poco. Mi tía Paula vive en la casa de al lado, pegada a la nuestra. Y también le gustan los animales. Hace dos semanas mi mamá y ella compraron unos pollitos pequeños en el mercadillo. A mí me chiflan, tan blanditos, como de peluche. Estaban sueltos por el corral con su pío, pio. Seguro que llamaban a su mamá. Y yo cogí uno y lo apreté fuerte. ¡Estaba tan blandito! También cojo así a mis peluches, y mi perinola y el lápiz gordote con el que escribo mi diario. No lo hice con mala intención, de verdad. Pero al poco tiempo no se movía, y eso que le canté una canción de cuna y todo. Nada, que había cerrado los ojos y no respiraba el pobre. Yo lo ponía de pie y él se caía, y así cuarenta veces por lo menos. Hasta que me dio pena y me puse a llorar. Sus hermanitos seguro que lo echarían en falta y, sobre todo, mi mamá. Así es que hice bailar mi perinola y enseguida se me ocurrió un plan. En este pueblo en que vivo las puertas están casi siempre abiertas y no pasa nada porque nos conocemos todo el mundo. Así que cogí al pollito muerto y me fui a casa de mi tía y lo dejé con sus primos. Luego agarré uno de mi tía y lo solté en casa con los que había comprado mamá. ¡Tenían que ver a mi tía cuando llegó de hacer las compras! ¡Raquel, Raquel, ven! Ah, se me ha olvidado decirles que mi mamá se llama Raquel, y mi padre Fernando, y trabaja en la única caja de ahorros que hay en el pueblo. Bueno debe trabajar poco porque dicen que con la dichosa crisis no hay dinero. Ya les presento también a mi hermana Sara, que tiene 12 años y ahora tontea con un chico, bueno con otro, porque ha discutido con Luis, que me cae mejor que éste de ahora. Es que no dice más que tonterías y no sé cómo puede leer mi hermana las estupideces que le escribe. Cualquier día se lo digo a mamá. Bueno de Jaime casi no quiero hablar porque nos peleamos todo el rato.
Lo del pollito muerto fue muy divertido cuando se me pasó el disgusto. Yo fui corriendo con mamá para ver qué cara ponía mi tía. ¡Qué te parece, un pollito muerto! Pero si hace sólo un rato estaba correteando con sus hermanos, tan sano. ¿Y si estaba enfermo y les ocurre lo mismo a sus hermanos? Por poco si me decubren cuando dije que los demás no eran sus hermanos, sino sus primos. Y tuve que taparme la boca con un peluche porque no podía contener la risa. Luego me ofrecí para enterrarlo. Era lo menos que podía hacer por el pobre pollito, pero no me dejaron.
Bueno por hoy ya está bien. Voy a esconder este cuaderno en el que he comenzado mi diario, aunque igual no escribo todos los días porque siempre no tengo algo que contar. Ya veré.
…Han pasado ya unos cuantos días, una semana más o menos. No he escrito nada antes porque he estado aburrida durante algún tiempo. En casa no me hacen caso, y mi amigo Mario ha estado fuera del pueblo toda la semana. Pero hoy me ha ocurrido algo terrible, vamos que por poco si me muero. Si, sí, como lo oyen. Y es muy triste cuando sabes que vas a morir. Yo intentaba pensar en el cielo, en los angelitos y todas esas cosas que cuenta el cura en misa. Porque mi mamá me lleva a misa los domingos. Mi papá casi siempre tiene cosas que hacer a la hora de misa. Yo creo que le ocurre como a mí. Si supieran cuánto me aburre don Ubaldo… Vaya nombrecito que le pusieron al pobre. A mí me resultan divertidas algunas lecturas, y hasta el evangelio, pero cuando se pone a hablar por su cuenta me dan ganas de salir pitando. Más de una vez he hecho bailar mi perinola en el banco durante la homilía para imaginar que estaba en otro sitio. En cierta ocasión me tuvo que despertar mi mamá porque empecé a gritar pensando que era uno de los tres cerditos a punto de ser devorada por el lobo. ¡Vaya rato que pasé!
Pero cuando estaba a punto de morir, ahora de verdad, no pensaba en angelitos ni nada, es como si tuviera la mente en blanco y me fuese agotando poco a poco. En mi pueblo las calles son empinadas y estrechas, y los pocos coches que pasan van muy despacito. Por eso los niños salimos a la calle y vamos de aquí para allá tan tranquilos. Yo sé conducir mi triciclo y dar vueltas a derecha e izquierda, marcha atrás, y hasta sé hacer caballitos, como Jorge Lorenzo, que es mi ídolo, aunque Rossi me cae muy bien porque es muy gracioso, y además es el gran campeón.
Pero hoy he tenido una ocurrencia peligrosa, sin perinola ni nada. He dejado el triciclo debajo de la ventana de una vecina que me cae fatal, porque siempre le está diciendo a mamá que debe vigilarme más porque cualquier día les daré un disgusto. Es una vieja gruñona que se mete con todo el mundo Y cuando he visto la persiana subida he querido asomarme para ver qué hacía. Y me he subido en el asiento del triciclo y he metido la cabeza entre los barrotes de la reja para ver mejor a través de los visillos. Y de pronto… ¡zás!, el triciclo echa a andar y me quedo colgando de la reja sujeta sólo por el cuello. Sólo podía mover los pies para que me viera alguien. Pero no podía gritar y me iba asfixiando poco a poco hasta que ya casi no podía moverme. Entonces pensé que me moría y que igual iba al infierno por tantas travesuras como he hecho. El cura dijo una vez que hasta que no se tiene uso de razón no se peca, pero yo tengo uso de razón desde hace mucho tiempo. Yo diría que más que él, porque yo no digo tantas tonterías. Y aunque cuando estás bien no crees en el infierno, si vas a morir piensas que a lo mejor existe y vas a pasar allí toda una vida, que según dice don Ubaldo es eterna. Figúrense, con lo horrible que debe ser. Y cuando ya no me quedaba aire para respirar oí gritar a Jaime: ¡Mamá, mamá, ven en seguida! Menos mal que mi mamá estaba en casa y me sacó de la reja de la ventana. ¡Tanas, Tanas, mírame, hija! No pasa nada, ya estás con mamá. ¡Respira, respira! Y poco a poco pude coger aire y ver la cara de mi mamá, y a Jaime llorando. Saben, desde entonces me cae mejor mi hermano, aunque seguimos discutiendo. Me reprocha que me salvó la vida y eso me cabrea bastante. También me la salvó mamá y no me lo echa en cara. Después de un rato, cuando ya se me había pasado el susto, hice bailar mi perinola. Y entonces sí que se me ocurrió una buena historia. Pero se la contaré cuando la lleve a cabo, porque quiero planearla bien.
…Estamos ya en invierno, y en esta época del año siempre me pasan menos cosas interesantes. Es que ni bailando la perinola se me ocurren cosas durante días y días. Apenas si se puede salir por el frío y la lluvia. Parecía que no iba a acabar de llover nunca. ¡Qué hartura! Menos mal que seguía pensando en la travesura que se me ocurrió después de lo del triciclo y la dichosa ventana de la vecina. Cada día me cae peor. Saben, me la imagino riendo con esa boca fofa, sin dientes, tras los visillos mientras yo me asfixio. Y entonces me dan ganas de cogerla y… No sé, no sé… Me pone de los nervios, como me dice mi mamá a mí cuando hago algo que no le gusta, que es casi todo lo que hago.
Como les conté, mi mamá me lleva a misa los domingos. De don Ubaldo mejor no hablar. El caso es que con las lluvias casi se ha hundido el tejado de la iglesia y desde hace algunas semanas la misa se hace en un viejo salón. A mí siempre se me hace la boca agua cuando mamá va a comulgar y le dan ese trocito de oblea tan blanquito y ronchón. Pero me dice mamá que hasta que no haga la primera comunión no puedo probarlo. Y antes me tendré que confesar. Esto sí que es el colmo. Que se prepare el cura porque voy para rato. Me intriga mucho saber a qué sabrá, porque según don Ubaldo es el cuerpo de Cristo. Ya les dije que hay unas cuantas cosas que no entiendo. Y del vino ni les cuento. No sé por qué bebe sólo él. A mi mamá también le gusta tomar algún vinito. Pero no crean, bebe poco y sólo con las amigas si salen por ahí. También me intriga el que guarden las obleas que sobran en el sagrario, ya saben esa cajita dorada que cierra el cura con llave. Pero ahora, con el traslado al viejo salón queda más a mano el sagrario. Y la llave la deja el cura en una cajita plateada justo al lado. Así es que le comenté a mi amigo Mario si quería probar el cuerpo de Cristo. Me dijo que sí, pero le daba miedo que nos pillasen. Aunque está un poco loco, a veces es un cagueta y tengo que animarlo. Le dije que lo que teníamos que hacer es espiar a la señora de la limpieza y aprovechar la ocasión.
Raimunda limpia el salón los miércoles, a las 11 de la mañana, más o menos. Primero abre las ventanas, y luego limpia el polvo, barre y finalmente friega el piso. Después se pasa a la habitación de al lado, que hace de sacristía. Y sale de allí a la media hora, más o menos. Ah, a veces le da un tiento al vino de misa. Sí, sí, que la hemos visto Mario y yo. Así es que decidimos que el miércoles pasado era el día elegido. Mario me dijo si no sería pecado. Pero yo le dije que tomar el cuerpo de Cristo no puede ser un pecado, o todo lo más venial por ser menores de edad. Así es que espiamos a Raimunda y al cabo de un rato hice bailar la perinola para que nos trajera suerte. Y funcionó, porque Raimunda salió a la calle y dejó la puerta abierta. Vimos cómo iba a la tienda de ultramarinos. Así es que pasamos al salón y acercamos una silla al sagrario. Luego cogí la llave y me subí a la silla. Y lo abrí. Allí estaba el copón con un montón de obleas, blancas y crujientes. Le dije a Mario que vigilara por si venía Raimunda, pero no me hizo caso porque dijo que entre tanto yo me comería todo. Comíamos tan deprisa que se nos pegaban en el paladar. Ahora sé por qué el cura bebe vino –dijo Mario—. Vamos a la sacristía, ¡que me asfixio! Y nos echamos un buen trago de vino. ¡Estaba tan dulce! Nos pusimos un poco piripis y nos dio por reír y bailar y hacer tonterías. Bueno con decirles que Mario hasta se puso una casulla y yo un roquete que nos llegaban hasta los pies. Yo es que me tronchaba. Y fue pasando el tiempo, y pasando, y pasando… Hasta que llegó Raimunda.
Lo que ocurrió después ya se lo pueden imaginar. Nuestros padres nos echaron unas regañinas de campeonato. Yo no había visto a mi papá tan enfadado en mucho tiempo. ¡Qué vergüenza, un sacrilegio! Y eso que él no va a misa. Bien que se me ha quedado la palabrita, porque don Ubaldo no habla de otra cosa. Y para colmo nos han castigado a Mario y a mí una semana sin salir. Pero don Ubaldo se pasó con lo del infierno. Yo creo que es por su culpa que mi perinola ya no me trae suerte, ni imagino cosas divertidas. Estoy hasta el gorro de la tele, siempre con lo mismo. Además me preocupa mucho lo que cuentan de tsunamis, terremotos y cosas así, con todos esos pobres que sacan de los escombros, y los muertos por todos lados, y los vivos sin comida, ni casa, y los niños huérfanos. Ven, son estas cosas las que no sé por qué pasan. Pero lo que más me preocupó de todo es que un reportero dijo que las ciudades afectadas son un infierno. Desde hace varias semanas todas esas imágenes tan horribles se me vienen otra vez a la cabeza cuando hablan de temblores de tierra en la isla del Hierro o en otros lugares.
Les voy a contar una cosa, pero no se la digan a nadie, ¿vale? Por la noche, cuando están todos dormidos en casa, yo salgo de mi habitación con mi forro polar y me voy a dormir al jardín a la caseta de Frodo. Ah, no les dije que este mastín es mi perro preferido. Y me acurruco junto a él hasta que me despiertan los gallos. Es por si se hunde mi habitación mientras duermo y voy al infierno tras morir aplastada como aquellos pobres negritos de Haití o los chinitos o los de tantos lugares.
…Tanas, ¿qué haces? A ver ese cuaderno. ¿Pero todo esto lo has escrito tú? ¡Fernando, ven! Mira esto. No puede ser, pero… ¿cómo ha aprendido? Desde luego esta niña no es normal.

No hay comentarios: