lunes, 15 de junio de 2015

Enrique Garrido: La receta

LA RECETA

Aquel  sábado  que enterraron a Jerónimo Padilla, los que estuvimos  con él  la noche  del jueves, no pudimos  acompañarle para darle el  último adiós. Flora se encontraba internada  en el  hospital Alonso Vega, de Colmenar Viejo.  Maria Belén en el López Ibor, de Cardenal de Herrera Oria, y yo, después de unas horas en observación en el hospital  Gregorio Marañón, fui conducido a la comisaría de la Estrella. Y cuando empezaba a adormilarme se abrió la puerta del calabozo, que compartía con otros cinco detenidos y un agente uniformado, dirigiéndose  al grupo y en voz alta,  pregunta.
— ¿Teodosio Ramírez?
—Sí, soy yo, agente—dije incorporándome.
—Levántese, nos vamos a los juzgados de Plaza de Castilla, y me colocó las esposas.
Me introdujeron en  el furgón celular, junto a otros siete arrestados,
*
Todo empezó aquella  mañana del lunes; había quedado con Jerónimo en la cafetería de unos  grandes almacenes. Eran las nueve treinta y esperábamos la apertura del centro comercial. El día  se mostraba esplendido. El calor se dejaba ya sentir. Desayunamos. Quedaron reservadas, para el puente de san José,  dos suites, en un hotel de cinco estrellas de Marbella, que compartiríamos  con Flora y Maria Belén, nuestras compañeras de bufete. Así lo decidimos los cuatro.
— ¡Un lujo para cuatro solteros!—dijo Jerónimo con socarronería.
—Un viaje, apostilló Flora, que espero deje huella en nuestras vidas. Lo dijo haciendo un guiño,  de complicidad y sonriendo,  lo que sin duda, obligaba a muchas lecturas.
Flora, soltera, con cincuenta años ya cumplidos, es inteligente y equilibrada. Una hembra hermosa, de un rubio natural y claro, ojos grandes, cara redonda, exuberante, de curvas exageradas, voluptuosa; despierta apetito sexual con solo contemplarla. De sonrisa fácil y alegre. Viste con lujo. Es muy atractiva y gusta a los hombres. Cuando se siente observada  adopta poses para parecer más seductora. Y lo consigue.  Pero luego nada… ¡La de veces que lo intenté!
Maria Belén, soltera también y de edades parecidas,  es totalmente distinta  a Flora, tímida, pero bella. Muy introvertida. Se siente feliz pasando desapercibida y le cuesta expresar sus sentimientos. Cuando en grupo se cuenta algún chiste “verde”, se ruboriza; se preocupa mucho “del que dirán”. También es atractiva, de profundas convicciones y de sólida formación.
En connivencia con Jerónimo, quedé encargado de adquirir algún producto afrodisíaco que nos “pusiera” a los cuatro.
Llamé a Flora. 
—Sí, de acuerdo, pero no te “pases”— me pidió Flora.
—No te preocupes, “la sangre no llegará al río…”—le dije sonriendo.
*
Instalados ya en nuestras habitaciones, antes de retirarnos a descansar decidimos irnos a cenar. Lo hicimos con apresuramiento; se nos  notaba a los cuatro el nerviosismo lógico  de esa hipotética noche de ensueño.
—De postre nada—les dije, he comprado  unos ricos profiteroles que os van a deleitar, comenté, sonriéndome y poniendo énfasis en lo de ricos…
Y en una de las habitaciones se los tenía preparados una bandeja. Había comprado antes de emprender viaje, un producto afrodisíaco que me recomendó un amigo. Me explico cómo hacerlo:
—Inyectas la dosis que especifica el prospecto en cada uno de los dulces y a esperar— me explicó.
No habíamos terminado de degustar los dulces, cuando María Belén, empezó a sentir ansiedad, notaba hormigueos en el estomago, vomitaba. Me asusté. Comenzó a gritar. Lloraba desconsolada. Me muero… chillaba. La escena era de verdadero pánico, angustiosa. Flora, a su lado, trataba de consolarla. No lo conseguía. De pronto, Flora, se llevó la mano al pecho, empezó  a sentir un dolor intenso a la altura del corazón, Le faltaba la respiración… gritaba desconsolada: Un médico… por favor,  un médico. Fueron momentos de pánico, de desconcierto. Les tomé a el pulso, lo tenían disparatado, empezaron con convulsiones, sudoración temblores y mareos. La respiración acelerada.
—Jerónimo, grité con todas mis fuerzas. No encontré respuesta a mi llamada. No estaba en la suite. Salí al pasillo, busqué la puerta  de su habitación y lo encontré muerto tendido en el suelo  a los pies de la cama…
Los servicios del hotel acudieron inmediatamente. La policía y los servicios médicos se presentaron  en pocos minutos. Se llevaron a Flora y María Belén,  allí quedó  el cadáver de mi amigo  esperando al forense.
Aturdido solo recuerdo mi entrada en la ambulancia.
*
En los juzgados de Plaza de Castilla, esperando ser citado por el juez, llorando y pesaroso, volví a leer el prospecto del frasquito afrodisíaco  que compré. Creí enloquecer. Lo leí con detenimiento, por dos veces, las dosis recomendadas. Las había interpretado mal. En el folleto explicativo leí con pánico la  advertencia: No sobrepasar, bajo ningún concepto las dosis que se indican. Inyecté en cada pastelito el triple de lo recomendado.
A mí no me había dado tiempo a degustarlos y recordé que Jerónimo en pocos minutos, se tomó gran parte de la bandejita…
ENRIQUE GARRIDO

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