jueves, 16 de julio de 2015

Cosme Jiménez Villahermosa: Hay días que marcan

HAY DÍAS QUE MARCAN

La estridencia del timbre, melodiosa para nosotros, puso fin a la clase en el Instituto vecino. Poco después, en el sótano,  iluminado aún por el paciente sol de junio, los compañeros de Membrilla descolgábamos las bicicletas de los ganchos. Entre risas, ya camino del pueblo, comentábamos nuestra habilidad para librarnos de las inquisidoras preguntas que doña Cari intentó hacernos aquella tarde.
Cruzamos  la carretera sin parar de contar anécdotas. El primero enfiló por la senda del camino de los carros porque el paseo estaba lleno de charcos. Como era costumbre, el de cabeza iba avisando sobre los obstáculos que encontraba: “¡charco!”, “¡cambio al paseíllo!”, “¡barro!”, “¡piedra!”… Todos los sorteábamos con pericia. Bueno, casi todos, porque éste último yo no lo oí, pero sobre todo, no lo vi. La rueda delantera se desvió sin poder remontar el objeto anunciado y chocó contra un árbol.  Aunque me eché hacia atrás para neutralizar la inercia de mi cabeza, no pude impedir que la barbilla percutiera contra el tronco, ni que una lluvia de estrellitas amarillentas iluminara el cielo interior que me apareció.  El manillar, el faro y el tronco quedaron formando un único cuerpo que impedía que me cayera. Y así quedé unos instantes: encajado, sentado en el sillín, con la cartera debajo del brazo y la otra mano en el manillar, con los ojos mirando al cielo, la boca entreabierta…  Mis amigos, viendo mi estampa, se desternillaban creyendo que fingía. En mi retina la tarde se oscureció y las risas parecían venir de muy lejos. Al recuperarme de uno de esos vahídos,  me vi sentado en el suelo a tres metros de la bicicleta, aún con la cartera bien cogida. Las condiciones en las que anduve esa distancia terminaron por alarmarles y acudieron en mi ayuda. Poco a poco fueron desapareciendo los colores ocres de mi cabeza y tomé conciencia de lo que había pasado. Y ellos también. Tanta tomaron que me dijeron que fuera inmediatamente al médico. Me argumentaron de tal manera las consecuencias graves de este tipo de golpes,  pusieron tantos y tan claros ejemplos de personas a las que les había pasado algo parecido, y el final que tuvieron, que pensé que todo estaba perdido. Creí  que en cuestión de minutos caería al suelo para no levantarme jamás. Pero como no me moría decidí pedalear y comprobé, todavía con dudosa seguridad, que mantenía el equilibrio como los demás.  Al llegar al pueblo, estaba casi restablecido. Para mis amigos, el susto había pasado y se fueron dispersando hacia sus casas.  Por el contrario, yo comencé a tomar conciencia de lo difícil de mi situación. Notaba que aún me duraba la conmoción, empecé a sentir un ligero dolor de cabeza y tuve la convicción de que mi caso encajaba perfectamente en lo que acababan de contar. Decidí ir primero al médico y no a mi casa; entre otras cosas, por si no llegaba y por evitar contar a mis padres lo sucedido.
Qué alegría me dio ver que era don Emiliano quien me abría la puerta y que no tendría que esperar a que volviera de las visitas. Pasé inmediatamente a contarle lo sucedido. Tumbado en la camilla fui contestando  a sus preguntas y empecé a preocuparme por el retraso en el diagnóstico. Temí que estuviera pensando cómo decírmelo y que la verdad se la contaría a mis padres. Pero en ese momento me dijo sonriendo: “cabeza dura todo lo aguanta”. Se burló cariñosamente porque se había dado cuenta de mi angustia. Feliz, con una tirita en la herida, cogí la bicicleta y me lancé tan veloz hacia mi casa que las preocupaciones iban quedando atrás.  Sentí que, con la vida asegurada, los demás problemas eran imperceptibles.
“Ha sido haciendo gimnasia”, le dije a mi madre cuando llegué.  Y me dispuse a llevarle la merienda a mi padre, que esa tarde trabajaba en la huerta de su primo. Iba pensando en lo que dirían al verme con la herida en la barbilla; pero cuando llegué, el primo yacía inerte en el suelo. Mi padre, indeciso en sus gestos, le daba aire y le apretaba el pecho en un deseo desesperado de reanimarle. “Os digo yo que ese se ha asfixiado en la rampa con el humo del motor”, comentaban otros hortelanos que acudían atraídos por los gritos que daban los hijos. El drama, tan reciente, tenía paralizados a todos, por lo que decidí coger la bicicleta y avisar al médico.
—Pero hombre, ya te he dicho que no es nada –me dijo sonriendo.
-No, no; es que, en una huerta cercana, el primo de mi padre se está muriendo. Por favor, sígame usted.
Momentos después, el médico, con “las gomas” en la mano, gesticulaba negativamente mirándonos a la cara.  El aire se hizo más denso. Los hijos ahogaban los sollozos en una rabia inútil. A mí me carcomía la mala conciencia por una especie de alegría interior que apareció en mi corazón al ver que mi padre estaba ileso. Y me fui, confuso, a contárselo a mi madre.
Mientras ella se iba “para preparar a la familia”, esperé en la mesa de la cocina intentando en vano hacer la tarea. Pensaba en mi padre, en el mal rato que estaría pasando. Debe clavarse en el alma tener un muerto en los brazos. Me esforzaba en concentrarme en mi lámina de dibujo lineal, pero las escenas de la huerta me habían alterado más de lo que yo quería reconocer. Las vivencias fúnebres del pasado empezaron a pasearse por mi cabeza.  De pronto, una de ellas se quedó fija: la muerte de mi hermano Ángel. Nunca se me borrarán sus risas recién aprendidas ni cómo nos mirábamos a los ojos. Pero siempre vienen a ponerse encima las imágenes más malvadas: su cuerpecillo menudo metido para la eternidad en una caja de pino sin barnizar y su carita pálida, como de cera. “Parece un muñeco”, decía mi madre llorando. “Estas criaturicas tienen que ir al cielo;  no ves qué cara de ángel tiene”, añadía mi vecina Isabel. Lo decía para animarnos, porque todo el mundo sabía que los niños sin bautizar iban al limbo. A mí antes me parecía bien, porque así lo aprendíamos en la escuela, pero en aquel momento, con mi hermano delante, lo concebí como una crueldad incomprensible. Entonces empecé a tomarle inquina a Dios. En los ratos que permanecí a solas al lado de la caja,  me esforzaba con toda mi energía en pedirle a Dios que no se lo llevara, que era muy pequeño. “¡Ahora que está aprendiendo a reír!”, insistí. Pero no me lo concedió. Ni siquiera cuando hice el esfuerzo de coger su manecilla fría y rígida y le rogué que, por medio de mí, le devolviera el hálito de vida.
Las funestas escenas se apartaron un poco al oír las diez campanadas de la Torre del Reloj.  Al poco volvieron mis padres a cambiarse de ropa para ir al velatorio. “A ver si le va a dar miedo al muchacho”, advirtió  mi madre a escondidas. “Pero qué dices, si ya es un hombre”. Y se fueron.
Quedé solo en la casa otra vez. No era verdad que fuera un hombre. El miedo se paseaba por las líneas de mi lámina y la luna se escondía entre las nubes y volvía a salir igual que las inquietantes sombras del patio. Pasaron horas. Traté de borrar los negros recuerdos con la sonrisa de mi Angelillo. Un golpe involuntario con la regla en el esparadrapo de mi barbilla me recordó que tenía motivos para estar alegre porque, según mis amigos, había vuelto a nacer. Pensé en las chicas con las que estábamos saliendo y especialmente en la mía. Su imagen alimentó mi valor. La niebla del miedo comenzó a disiparse y conseguí dividir la circunferencia en siete partes iguales.
Pero la negrura, terca y pegajosa, volvía a mi mente. La noche había perdido la esperanza de luna y el tiempo estaba encallado en el silencio. De pronto, los gatos, con maullidos de escalofrío, cayeron sobre la chapa del tejado. El esfuerzo por racionalizar la situación era imposible. Las obsesiones repicaban: los ocres de mi caída; ¿se habrá equivocado el médico?; el difunto, que ya estaría colocado en la caja; el beso en la frente a mi abuelo muerto, que mi tía nos obligó a dar a todos los nietos; la cara del hermano Remigio, un anciano del barrio que ya era momia en vida, y al que se le abrieron los ojos cuando intentaban cerrarle la boca con un pañuelo atado a la cabeza… Comencé a pensar si era víctima del intenso miedo o estaba a punto de despertarme de una de tantas pesadillas. En ese instante, la goma de borrar cayó al suelo y fue a detenerse delante de la mampara, que estaba abierta sujetando la cortina.  Cuando fui a cogerla, mi terror llegó al paroxismo: por debajo asomaban dos alpargatas de un hombre o lo que fuera aquello que había detrás. Un repullo me devolvió a la mesa. Puse la mano por casualidad sobre la navaja con la que Juan Romero afilaba los compases. Había olvidado devolvérsela. Cuando empuñé firmemente el arma, fui consciente de que respiraba de nuevo y de que podría dejar de hacerlo el que se escondía detrás de la cortina. Una descarga de adrenalina me inclinó del lado de la realidad y me saturé de valor. En medio de la habitación, con profundas muecas de sufrimiento, bien sujeta la navaja, tuve fuerzas para decir: “¡quién anda ahí!”. Mi padre y mi madre, a los que no había oído abrir la puerta de la calle, entraban en la cocina empujando un poco más la mampara, que dejaba al descubierto unas alpargatas “vacías” y a mí en el más espantoso ridículo. “Estaba ensayando el papel que me ha tocado en una obra de la clase de Literatura”, dije recobrando los reflejos perdidos. Y me acosté enseguida.
Los nubarrones se diluyeron y la luz de la luna volvió a entrar por la ventana. Desde mi cama se llegaba a oír: “…decías que si le iba a dar miedo al muchacho y casi nos mata de un susto con la leche del teatro.”
Un poco avergonzado por el niño miedoso que todavía llevaba dentro, pero sintiendo al hombre que despertaba, me dormí sonriente y fortalecido con la confianza que mi padre tenía en mí.

Cosme Jiménez Villahermosa


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