HAY DÍAS QUE MARCAN
La estridencia del timbre, melodiosa
para nosotros, puso fin a la clase en el Instituto vecino. Poco después, en el
sótano, iluminado aún por el paciente
sol de junio, los compañeros de Membrilla descolgábamos las bicicletas de los
ganchos. Entre risas, ya camino del pueblo, comentábamos nuestra habilidad para
librarnos de las inquisidoras preguntas que doña Cari intentó hacernos aquella
tarde.
Cruzamos la carretera sin parar de contar anécdotas.
El primero enfiló por la senda del camino de los carros porque el paseo estaba
lleno de charcos. Como era costumbre, el de cabeza iba avisando sobre los obstáculos
que encontraba: “¡charco!”, “¡cambio al paseíllo!”, “¡barro!”, “¡piedra!”…
Todos los sorteábamos con pericia. Bueno, casi todos, porque éste último yo no
lo oí, pero sobre todo, no lo vi. La rueda delantera se desvió sin poder
remontar el objeto anunciado y chocó contra un árbol. Aunque me eché hacia atrás para neutralizar
la inercia de mi cabeza, no pude impedir que la barbilla percutiera contra el
tronco, ni que una lluvia de estrellitas amarillentas iluminara el cielo interior
que me apareció. El manillar, el faro y
el tronco quedaron formando un único cuerpo que impedía que me cayera. Y así
quedé unos instantes: encajado, sentado en el sillín, con la cartera debajo del
brazo y la otra mano en el manillar, con los ojos mirando al cielo, la boca
entreabierta… Mis amigos, viendo mi
estampa, se desternillaban creyendo que fingía. En mi retina la tarde se
oscureció y las risas parecían venir de muy lejos. Al recuperarme de uno de
esos vahídos, me vi sentado en el suelo
a tres metros de la bicicleta, aún con la cartera bien cogida. Las condiciones
en las que anduve esa distancia terminaron por alarmarles y acudieron en mi
ayuda. Poco a poco fueron desapareciendo los colores ocres de mi cabeza y tomé
conciencia de lo que había pasado. Y ellos también. Tanta tomaron que me
dijeron que fuera inmediatamente al médico. Me argumentaron de tal manera las
consecuencias graves de este tipo de golpes, pusieron tantos y tan claros ejemplos de
personas a las que les había pasado algo parecido, y el final que tuvieron, que
pensé que todo estaba perdido. Creí que en
cuestión de minutos caería al suelo para no levantarme jamás. Pero como no me
moría decidí pedalear y comprobé, todavía con dudosa seguridad, que mantenía el
equilibrio como los demás. Al llegar al
pueblo, estaba casi restablecido. Para mis amigos, el susto había pasado y se
fueron dispersando hacia sus casas. Por
el contrario, yo comencé a tomar conciencia de lo difícil de mi situación. Notaba
que aún me duraba la conmoción, empecé a sentir un ligero dolor de cabeza y tuve
la convicción de que mi caso encajaba perfectamente en lo que acababan de
contar. Decidí ir primero al médico y no a mi casa; entre otras cosas, por si
no llegaba y por evitar contar a mis padres lo sucedido.
Qué alegría me dio ver que era
don Emiliano quien me abría la puerta y que no tendría que esperar a que
volviera de las visitas. Pasé inmediatamente a contarle lo sucedido. Tumbado en
la camilla fui contestando a sus preguntas
y empecé a preocuparme por el retraso en el diagnóstico. Temí que estuviera
pensando cómo decírmelo y que la verdad se la contaría a mis padres. Pero en
ese momento me dijo sonriendo: “cabeza dura todo lo aguanta”. Se burló
cariñosamente porque se había dado cuenta de mi angustia. Feliz, con una tirita
en la herida, cogí la bicicleta y me lancé tan veloz hacia mi casa que las
preocupaciones iban quedando atrás. Sentí
que, con la vida asegurada, los demás problemas eran imperceptibles.
“Ha sido haciendo gimnasia”, le
dije a mi madre cuando llegué. Y me dispuse
a llevarle la merienda a mi padre, que esa tarde trabajaba en la huerta de su
primo. Iba pensando en lo que dirían al verme con la herida en la barbilla; pero
cuando llegué, el primo yacía inerte en el suelo. Mi padre, indeciso en sus
gestos, le daba aire y le apretaba el pecho en un deseo desesperado de
reanimarle. “Os digo yo que ese se ha asfixiado en la rampa con el humo del
motor”, comentaban otros hortelanos que acudían atraídos por los gritos que
daban los hijos. El drama, tan reciente, tenía paralizados a todos, por lo que
decidí coger la bicicleta y avisar al médico.
—Pero hombre, ya te he dicho que
no es nada –me dijo sonriendo.
-No, no; es que, en una huerta
cercana, el primo de mi padre se está muriendo. Por favor, sígame usted.
Momentos después, el médico, con
“las gomas” en la mano, gesticulaba negativamente mirándonos a la cara. El aire se hizo más denso. Los hijos ahogaban
los sollozos en una rabia inútil. A mí me carcomía la mala conciencia por una
especie de alegría interior que apareció en mi corazón al ver que mi padre estaba
ileso. Y me fui, confuso, a contárselo a mi madre.
Mientras ella se iba “para
preparar a la familia”, esperé en la mesa de la cocina intentando en vano hacer
la tarea. Pensaba en mi padre, en el mal rato que estaría pasando. Debe
clavarse en el alma tener un muerto en los brazos. Me esforzaba en concentrarme
en mi lámina de dibujo lineal, pero las escenas de la huerta me habían alterado
más de lo que yo quería reconocer. Las vivencias fúnebres del pasado empezaron
a pasearse por mi cabeza. De pronto, una
de ellas se quedó fija: la muerte de mi hermano Ángel. Nunca se me borrarán sus
risas recién aprendidas ni cómo nos mirábamos a los ojos. Pero siempre vienen a
ponerse encima las imágenes más malvadas: su cuerpecillo menudo metido para la
eternidad en una caja de pino sin barnizar y su carita pálida, como de cera.
“Parece un muñeco”, decía mi madre llorando. “Estas criaturicas tienen que ir al cielo; no ves qué cara de ángel tiene”, añadía mi
vecina Isabel. Lo decía para animarnos, porque todo el mundo sabía que los
niños sin bautizar iban al limbo. A mí antes me parecía bien, porque así lo aprendíamos
en la escuela, pero en aquel momento, con mi hermano delante, lo concebí como
una crueldad incomprensible. Entonces empecé a tomarle inquina a Dios. En los
ratos que permanecí a solas al lado de la caja,
me esforzaba con toda mi energía en pedirle a Dios que no se lo llevara,
que era muy pequeño. “¡Ahora que está aprendiendo a reír!”, insistí. Pero no me
lo concedió. Ni siquiera cuando hice el esfuerzo de coger su manecilla fría y
rígida y le rogué que, por medio de mí, le devolviera el hálito de vida.
Las funestas escenas se
apartaron un poco al oír las diez campanadas de la Torre del Reloj. Al poco volvieron mis padres a cambiarse de
ropa para ir al velatorio. “A ver si
le va a dar miedo al muchacho”, advirtió mi madre a escondidas. “Pero qué dices, si ya
es un hombre”. Y se fueron.
Quedé solo en la casa otra vez. No era verdad que
fuera un hombre. El miedo se paseaba por las líneas de mi lámina y la luna se
escondía entre las nubes y volvía a salir igual que las inquietantes sombras
del patio. Pasaron horas. Traté de borrar los negros recuerdos con la sonrisa
de mi Angelillo. Un golpe involuntario con la regla en el esparadrapo de mi
barbilla me recordó que tenía motivos para estar alegre porque, según mis
amigos, había vuelto a nacer. Pensé en las chicas con las que estábamos
saliendo y especialmente en la mía. Su imagen alimentó mi valor. La niebla del
miedo comenzó a disiparse y conseguí dividir la circunferencia en siete partes
iguales.
Pero la negrura, terca y
pegajosa, volvía a mi mente. La noche había perdido la esperanza de luna y el tiempo
estaba encallado en el silencio. De pronto, los gatos, con maullidos de
escalofrío, cayeron sobre la chapa del tejado. El esfuerzo por racionalizar la
situación era imposible. Las obsesiones repicaban: los ocres de mi caída; ¿se
habrá equivocado el médico?; el difunto, que ya estaría colocado en la caja; el
beso en la frente a mi abuelo muerto, que mi tía nos obligó a dar a todos los
nietos; la cara del hermano Remigio, un anciano del barrio que ya era momia en
vida, y al que se le abrieron los ojos cuando intentaban cerrarle la boca con
un pañuelo atado a la cabeza… Comencé a pensar si era víctima del intenso miedo
o estaba a punto de despertarme de una de tantas pesadillas. En ese instante, la
goma de borrar cayó al suelo y fue a detenerse delante de la mampara, que
estaba abierta sujetando la cortina. Cuando
fui a cogerla, mi terror llegó al paroxismo: por debajo asomaban dos alpargatas
de un hombre o lo que fuera aquello que había detrás. Un repullo me devolvió a
la mesa. Puse la mano por casualidad sobre la navaja con la que Juan Romero afilaba
los compases. Había olvidado devolvérsela. Cuando empuñé firmemente el arma,
fui consciente de que respiraba de nuevo y de que podría dejar de hacerlo el
que se escondía detrás de la cortina. Una descarga de adrenalina me inclinó del
lado de la realidad y me saturé de valor. En medio de la habitación, con
profundas muecas de sufrimiento, bien sujeta la navaja, tuve fuerzas para decir:
“¡quién anda ahí!”. Mi padre y mi madre, a los que no había oído abrir la
puerta de la calle, entraban en la cocina empujando un poco más la mampara, que
dejaba al descubierto unas alpargatas “vacías” y a mí en el más espantoso
ridículo. “Estaba ensayando el papel que me ha tocado en una obra de la clase
de Literatura”, dije recobrando los reflejos perdidos. Y me acosté enseguida.
Los nubarrones se diluyeron y la
luz de la luna volvió a entrar por la ventana. Desde mi cama se llegaba a oír:
“…decías que si le iba a dar miedo al muchacho y casi nos mata de un susto con
la leche del teatro.”
Un poco avergonzado por el niño
miedoso que todavía llevaba dentro, pero sintiendo al hombre que despertaba, me
dormí sonriente y fortalecido con la confianza que mi padre tenía en mí.
Cosme Jiménez Villahermosa
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