domingo, 31 de mayo de 2015

Manuel García-Fogeda: Tía Angustias

Tía Angustias

Tía Angustias vivía al final del pasillo, era alta y fondona y su habitación parecía de otra época. Fue la madrina de mi bautizo y quizás por eso tuvo siempre cierta predilección por mí, aunque nunca escatimó sacrificios y cariño con el resto de mis hermanos y primos. Hasta que tuve cierta edad y conocí otras familias no fui consciente de que aquella mujer, torpe y ensimismada, era un apéndice extraño que solo existía en la mía y que todos, mis hermanos y yo, habíamos aceptado como algo normal desde que nacimos. Debió de ser en esta época de la pubertad cuando comenzaron las burlas sobre su figura y su forma de ser, en las cuales participaban sus otros sobrinos, a pesar de las caricias y regalos que a todos nos prodigaba. Recuerdo la primera vez que la vimos vestida con su camisa azul un veinte de noviembre; alegre y dispuesta, canturreaba la canción Espérame en el cielo, de Machín, mientras se preparaba para hacerse cargo de sus chicas de la Sección Femenina. Aquel día nos comportamos con más crueldad que de costumbre y la hicimos correr detrás de nosotros hasta que recuperó su boina roja. <<¡Dichosos diablejos!>>, fue su única queja. Cuando estaba ausente solíamos pasar a su habitación y fisgonear en armarios y cajones. Recuerdo aquel portarretratos sobre su cómoda, contenía una foto amarillenta en la que aparecía joven y hermosa con dos trenzas sobre sus hombros. Rondaría los veinte años y posaba con un puñado de hombres y mujeres vestidos de la manera más diversa alrededor de José Antonio Primo de Rivera, por el que sentía verdadera devoción. A nadie le extrañó la incertidumbre con la que vivió la transición previendo catástrofes y guerras civiles tras cada acontecimiento. Aparte de esto, su vida transcurrió como la de un ángel custodio escondido en las sombras del hogar, pendiente siempre del menor problema o desafecto familiar para intentar enmendarlo con más voluntad que acierto; de sus misas, de sus velatorios, de cumplir con sus visitas y de pagar religiosamente los recibos del nicho familiar.
Cuando murió ya éramos hombres hechos y derechos y sus ahorros se repartieron equitativamente entre todos los sobrinos. No dejó testamento y sus pertenencias se distribuyeron de forma arbitraria según el capricho de cada uno sin que hubiese la menor discusión, pues nunca tuvo objetos de valor. Las colchas se las llevaron mis primas, que siempre tuvieron debilidad por los hilos; mi hermana algún manojo de llaves antiguas que sumó a su colección; yo me llevé algunas fotos viejas, incluida la del portarretratos, y poco más. Hasta aquel fatídico momento nadie prestó mucha atención a aquella mujer de existencia insípida, sin pasado ni futuro, que pasó por la vida sin dejar rastro. Pero después, todos sentimos su pérdida al recordar sus desvelos y su desmedido interés por cada uno de nosotros. Su vacio se plasmó en aquel sillón orejero, <<El sillón de la tía>>, que había envejecido deformándose con el peso de sus huesos. Fue como una segunda madre cuya ausencia todavía sentimos.
Hace ya de esto diez años, murió en el noventa y tres, y mi memoria empieza a olvidar ya más cosas de las que debiera, pero aún tengo fresco el recuerdo de aquella mujer buena y de aspecto pacato. Por eso ahora, al observar sobre la mesa de mi despacho en Montevideo el contenido de este paquete que acabo de recibir, no puedo dar crédito a lo que ven mis ojos. Abro el balcón, abajo la plaza de la bandera y el monumento al general Rivera; enciendo un cigarro, detrás de mí el contenido del paquete: una carta de mi hermana, otra de un muerto del que nunca oí hablar, tres pasaportes, uno español y otro inglés del año 42 y el último del 76, también español, de la tía Angustias, y una pistola luger con su munición.
En la primera me explica Ana cómo llegó del banco una comunicación dirigida a nombre de la tía Angustias para avisarle de que la caja de seguridad que tenía alquilada, y abonada hasta la fecha, llegaba a su vencimiento y debía hacer efectiva la siguiente mensualidad o retirar los efectos de su interior. Que después de los papeleos pertinentes para conseguir el permiso y poder abrir la valija, mi hermana cayó en la cuenta de que la numeración de dicha caja coincidía con la de una de las llaves que ella se había llevado de la difunta. En su interior encontraron estos objetos, además de cien mil pesetas y mil libras esterlinas guardadas en sendas billeteras de cuero. La otra carta no está firmada y carece de nombre, dice así:
«Stalingrado, 16 de enero de 1.943.
Querida Angustias, espero que al recibir la presente te encuentres bien. Cómo lamento no haberme puesto en contacto contigo durante este largo año, pero las circunstancias no aconsejaban otra cosa. Descubierta nuestra intentona de magnicidio mi mejor escondite fue alistarme en la División Azul con nombre falso, ni siquiera los nuestros saben de mi paradero. Aquí he luchado contra el terror rojo hasta que una bala perdida me ha llevado al hospital. Pero no te apures, estoy bien, en este lugar el frío es más letal que las balas y es este el que en verdad me asusta. Te mando la presente carta con otro amigo convaleciente que será repatriado de inmediato, también es de los nuestros y tengo plena confianza en él.
Ya me he informado de que, a pesar de mi orden de arresto, nuestra urdimbre sigue sin conocerse y por eso me he atrevido a escribirte. Aún podemos sacar a Hedilla de prisión y eliminar al dictador. Somos muy pocos y carecemos de casi todo, pero la audacia y el coraje siempre fueron nuestra divisa. Aunque… para qué voy engañarte, esta guerra me ha hecho cambiar y ver las cosas de otra manera. Estoy harto de tanta muerte y desolación, primero en España, ahora en Rusia, mañana… No sé, la historia del hombre es matar y matar, antes por los nacionalismos estúpidos de cada país, ahora, además, por las reivindicaciones de clase y de partido. El mundo está desquiciado y yo no quiero participar más en esta locura. Soy otro hombre y ya solo pienso en ti, en tus ojos canela, en el color cereza de tus mejillas y en tus trenzas largas sobre tus hombros. Amo la vida, Angustias, la vida sencilla y tranquila y solo aspiro a envejecer contigo en cualquier rincón de mi triste España, arañando las profundidades de la tierra o las lomas de la vega. Soy tuyo y por ti muero, por eso todo lo demás me parece zafio y sin sentido: matar al Generalísimo y rescatar al Jefe Nacional, hacer la Revolución, la Justicia Social, la Patria… No tengo fuerzas ya para seguir quimeras; además he aprendido que la vida es más fuerte que las ideas, por eso ya no pretendo cambiar nada. El tiempo pasará y la vida resurgirá como los torrentes en primavera, para fertilizar la tierra y también para anegarla; todo muda, y tanto en aquella tierra como en ésta las hojas caerán y darán paso a otra primavera, pero también a otro otoño. Te quiero Angustias, mi credo ya no es otro que la vida y mi dios tú. ¿Quién soy yo para matar al dictador de allí o a los de aquí? A los carlistas o a los bolcheviques. ¡Cómo ansío tus labios de sandía! Tus dedos largos, cálidos e inteligentes.
Tengo que dejarte, la orden de repatriación de nuestro correo acaba de llegar, era el único trámite que faltaba para partir el convoy y esperan impacientes; he de acabar esta carta. Dios quiera que todo termine pronto y podamos vivir en paz. Tú lo tienes fácil como célula durmiente que eres, yo lo tendré más difícil, pero todo se andará. A menudo pienso en la letra de nuestro himno porque es bonito y me sigue gustando, pero no quisiera hacer guardia sobre los luceros, y sí me gustaría volver a hacer el amor contigo bajo ellos, sobre la paja fresca de las eras de España en una noche de verano. Adiós, cariño, te quiero, te ansío, únicamente vivo por ti y, en las crudas noches de este invierno perpetuo, solo el calor de tu recuerdo me protege de él.
Siempre tuyo, Mambrú». 


Está claro que éste debió de ser su alias de guerra. Imposible averiguar de quién se trata. O quizás sí, quizás fuese aquel hombre alto y delgado que posaba junto a la tía, por eso tanta devoción por aquella foto presidiendo la habitación. Tendría que verla de nuevo. Y estos diminutos puntos negros sobre el papel pueden ser sangre seca. Es posible que muriese de tuberculosis. En cualquier caso qué fascinante esta otra vida de tía Angustias. Aún no me lo creo. O quizás sí, ese empeño suyo en volcarse hacia los demás, su religiosidad, su conformismo… Todo acorde con la filosofía que rezuma esta misiva. Y ¿qué hago yo con todo esto tía Angustias? Me lo mandan a mí porque fui tu apadrinado y porque dicen que, también, tu preferido. Caramba, tía, ¡qué jarro de agua caliente!, qué revulsivo. Solo se me ocurre una cosa para corresponder con el destino. Hace un día espléndido, voy a arrinconar el trabajo de la agencia para mañana y a telefonear a Elia, pasearemos, tomaremos vino en la plaza del Entrevero, sentados al aire libre daré gracias a Dios por el sol y por el aire y allí, solo allí, te pediré perdón por no haberte conocido más a fondo tía, por no haber entendido tu amor y tu abnegación, que eran fruto de algo profundo y no de la mojigatería, y pedirte perdón también por no haberte dado más amor con el que mitigar tus angustias. 

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