Mi amigo Jesús Miguel Alonso nació en Leiva, un
pequeño pueblo de La Rioja. Si buscáis en Wikipedia el
nombre de Leiva, en el apartado de personas ilustres de dicha población
aparece: “Jesús Miguel Alonso Chavarri, escritor y novelista,
galardonado con diversos premios como el Villa de Madrid por su novela 'Tasugo. Actualmente es profesor de
matemáticas y columnista en el diario La Rioja. Además
escribe obras de teatro interpretadas por el grupo teatral de Leiva....”
Yo compartí con él, en Madrid, mis años de estudiante de
Matemáticas. Cuando inicié mis estudios de Matemáticas en la Universidad
Complutense coincidí con él en el Colegio Mayor Calasanz.
Familiarmente le llamábamos Chuchi. Entonces estaba estudiando Ingeniería de
Caminos, pero lo debí convencer, contándole la hipótesis del continuo y otros
teoremas cuyos nombres ahora no recuerdo, para que abandonase la construcción
de puentes y se adentrara en las profundidades filosóficas de las matemáticas.
Aunque nos “apasionaban las matemáticas”, no renunciábamos a las cervezas de
Riaño y de los bares de Princesa; nos gustaba ir al cine, a Jesús Miguel
también el teatro, las carreras de caballos, la literatura, la poesía…No me
extraña nada que sea un buen escritor. Como dicen en mi tierra: nació bendito. Sí,
tenía el don para ordenar las palabras, para expresar las cosas... Escribía y
escribe muy bien.
Era y es una de las personas en las que siempre he
confiado y, aunque hemos vivido grandes periodos de silencio, suscribo las
palabras que me trasmitía en uno de sus correos: “…Ya sabes que hay dos tipos
de amigos: los que después de años sin verlos, al volver a hablar parece que
fue ayer; y los que descubres que ya no tienes nada en común. Por supuesto que
tú eres de los primeros. Parece que te estoy viendo en el Calasanz con el
cigarro en la boca y riendo, tú casi siempre reías. En fin, que nos hacemos
viejos y llega la nostalgia…”
Al invitarle a
participar en mi blog me ha mandado un relato que me traslada a tiempos
pasados. Cuando lo leí le hice el siguiente comentario: “Me ha gustado mucho tu
relato porque me ha recordado mis tiempos escolares. A primera hora siempre
tocaba lectura y leíamos el mismo libro. No recuerdo el título, pero sí recuerdo
el capítulo del martirio de los niños Justo y Pastor. Los judíos de Alcalá de
Henares los mataron. Había una ilustración gráfica del hecho difícil de
olvidar. Voy a procurar hacerme con el libro. Por supuesto, la lectura era
seguida por el maestro…”.
José Luis Carlavilla
EL LIBRO DE SANCHO PANZA Y EL BURRO. Jesús Miguel Alonso
Camino
hacia la escuela de Santa Prisca de Háchigo con el sueño azul de todas las
mañanas. La reprobadora mirada de D. Orencio, el cura, ante el chaflán de
Hilario, me recuerda que no he sido monaguillo en misa de ocho. Las herraduras
de las mulas de Jonás golpean el empedrado, ante el pilón del abrevadero, y la
cerda parida de Jonás hociquea el aguadojo, mientras la furgoneta de “El
Barato” muestra su piélago de telas, botones y cenefas. Subo las
desgastadas escaleras y entro a la escuela del maestro, separada de la
escuela de la maestra por la oficina del
Ayuntamiento, pues ya dijeron las de la “Sección Femenina”, que vinieron con
“El Frente de Juventudes”, que “Los chicos con las chicas se vuelven sapos”.
El humo espeso de siempre inunda la clase, mientras Paco el Grande intenta, con
pequeños golpecitos, despegar el hollín del tubo, en la vieja y herrumbrosa
estufa de leña. La escuela de D. Amador siempre huele a humo y a lirones, que
anidan bajo la tarima y se comen el queso sobrante de los botes amarillos que
mandan los americanos con el plan. D.
Amador reza la oración: ”Bendita la luz del día y el Señor que nos la envía,
el arcángel San Miguel nos bendiga en este día y nos dé su Gloria. Amén.”,
antes de cantar el “Cara al sol” y la tabla de multiplicar. Luego nos pone en
corro y reparte los libros de Sancho Panza; siempre leemos en los libros de
Sancho Panza y el burro; son libros viejos y desgastados de tanto leerlos y de
golpearlos con el escantillón. Don Amador, cuando alguno lee mal, golpea el
libro con la vara de avellano, no como D. Arsenio, el maestro de Valbuena de
Montarco, que pega en la cabeza y muerde en la oreja al que lee mal; por eso en
Valbuena leen todos bien. Cuando alguien sabe leer muy bien, la gente dice: “¡Jolín,
este lee mejor que los de Valbuena!”
A mi me gusta mucho leer el libro de Sancho Panza y el burro, en el que
pasan cosas muy graciosas, como la bacía del barbero; Sancho Panza, que sabe
mucho y llegó a ser gobernador de una ínsula, tiene un ayudante que siempre se
mete en líos y se empeña en ver las cosas como no son, y a la bacía del barbero
la llama yelmo de Mambrino, pero Sancho Panza y su burro le sacan de los
aprietos. En la escuela de D. Amador queremos mucho a Sancho Panza y al burro;
en la escuela de Da. Fructuosa
las chicas no leen el mismo libro que nosotros, leen “Mis lecturas”, la
casita de mi barrio y todo eso. Al que no sé si le gustará el libro de Sancho
Panza es a Nicasín, porque por culpa del libro le han puesto apodo. Nicasín es
muy listo para las cuentas, sabe hacer sumas de cinco filas sin equivocarse y
es el mejor cazando ratas de agua en el río, pero no sabe leer bien, se le
trabuca la lengua y tiene que leer muy despacio, casi letra por letra, por eso
lee así: ”En...un...lu...gar...de...la...Man...cha...de...cu...yo
nom...bre...no...quie...ro...a...cor...dar...me...”, y a alguno le
da la risa y a Nicasín no le gusta. Por eso se conoce que preparó un trocito,
se lo aprendió de memoria y esperó hasta que tuvo la suerte de que D. Amador le
mandó leer el capítulo XI, que era el que guardaba en su memoria, así que leyó
de corrido:”Fue recogido de los cabreros con buen ánimo, y habiendo Sancho,
lo mejor que pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento...”, más al llegar
aquí se apagó su memoria y Nicasín repitió, intentando recordar, “jumento...jumento...jumento...”
lo que desató las risas del corro y propició las palabras de D. Amador: “Tú
si que estás hecho un jumento, mas que jumento” . Y con Jumento se quedó.
Por eso no creo que a Nicasín, al que ya todos llaman Jumento, le guste el
libro de Sancho Panza y el burro. A los demás sí nos gusta, sobre todo a
Perico, el del molino grande, que dice que ya era hora de que en los libros
salgan molinos y molineros, porque tuvo la suerte de que le tocase leer el
capítulo VIII, en el que el ayudante de Sancho Panza, ese que está medio loco,
se pone a luchar contra unos molinos, pensando que son gigantes, y, al final,
Sancho Panza y su burro le tienen que llevar molido a golpes, eso dijo D.
Amador que significa la palabra “maltrecho”. Desde entonces, siempre que
aparece algún molinero o algún molino, D. Amador manda leer a Perico, el del molino grande, o,
cuando salen cabreros, el que lee es Juanín, el hijo de Carlis, el pastor, que tiene
rebaño de ovejas merinas y tres cabras, pero si las aventuras son en mesones o
ventas, manda leer a Fortunito, el de la fonda; y así con todos, menos con
Angelín, el hijo del taxista, así que, como no se había inventado el coche,
siempre que tiene que leer Angelín, lee
la dedicatoria al duque de Bejar, que era también conde de Bañares, porque su
madre es de Bañares y le gusta mucho ese pueblo. Por eso nos gusta tanto leer
en el libro de Sancho Panza y el burro.
Yo no se lo he dicho a nadie, porque me da vergüenza, pero cuando sea
mayor quiero ser escritor, para escribir aventuras como las de Sancho Panza y
el burro, y también tendré que inventar un ayudante medio loco, que se meta en
líos, como el que tiene Sancho Panza, creo que se llama D. Quijote de la Mancha.
ALONSO
CHÁVARRI

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