lunes, 18 de mayo de 2015

El libro de Sancho Panza y el burro. Jesús Miguel Alonso


Mi amigo Jesús Miguel Alonso nació en Leiva, un pequeño pueblo de La Rioja.  Si buscáis en Wikipedia el nombre de Leiva, en el apartado de personas ilustres de dicha población aparece: “Jesús Miguel Alonso Chavarri, escritor y novelista, galardonado con diversos premios como el Villa de Madrid por su novela 'Tasugo. Actualmente es profesor de matemáticas y columnista en el diario La Rioja. Además escribe obras de teatro interpretadas por el grupo teatral de Leiva....”
 Yo compartí con él, en Madrid, mis años de estudiante de Matemáticas. Cuando inicié mis estudios de Matemáticas en la Universidad Complutense coincidí con él en el Colegio Mayor Calasanz. Familiarmente le llamábamos Chuchi. Entonces estaba estudiando Ingeniería de Caminos, pero lo debí convencer, contándole la hipótesis del continuo y otros teoremas cuyos nombres ahora no recuerdo, para que abandonase la construcción de puentes y se adentrara en las profundidades filosóficas de las matemáticas. Aunque nos “apasionaban las matemáticas”, no renunciábamos a las cervezas de Riaño y de los bares de Princesa; nos gustaba ir al cine, a Jesús Miguel también el teatro, las carreras de caballos, la literatura, la poesía…No me extraña nada que sea un buen escritor. Como dicen en mi tierra: nació bendito. Sí, tenía el don para ordenar las palabras, para expresar las cosas... Escribía y escribe muy bien.
            Era y es una de las personas en las que siempre he confiado y, aunque hemos vivido grandes periodos de silencio, suscribo las palabras que me trasmitía en uno de sus correos: “…Ya sabes que hay dos tipos de amigos: los que después de años sin verlos, al volver a hablar parece que fue ayer; y los que descubres que ya no tienes nada en común. Por supuesto que tú eres de los primeros. Parece que te estoy viendo en el Calasanz con el cigarro en la boca y riendo, tú casi siempre reías. En fin, que nos hacemos viejos y llega la nostalgia…”

             Al invitarle a participar en mi blog me ha mandado un relato que me traslada a tiempos pasados. Cuando lo leí le hice el siguiente comentario: “Me ha gustado mucho tu relato porque me ha recordado mis tiempos escolares. A primera hora siempre tocaba lectura y leíamos el mismo libro. No recuerdo el título, pero sí recuerdo el capítulo del martirio de los niños Justo y Pastor. Los judíos de Alcalá de Henares los mataron. Había una ilustración gráfica del hecho difícil de olvidar. Voy a procurar hacerme con el libro. Por supuesto, la lectura era seguida por el maestro…”.
José Luis Carlavilla

EL LIBRO DE SANCHO PANZA Y EL BURRO. Jesús Miguel Alonso

            Camino hacia la escuela de Santa Prisca de Háchigo con el sueño azul de todas las mañanas. La reprobadora mirada de D. Orencio, el cura, ante el chaflán de Hilario, me recuerda que no he sido monaguillo en misa de ocho. Las herraduras de las mulas de Jonás golpean el empedrado, ante el pilón del abrevadero, y la cerda parida de Jonás hociquea el aguadojo, mientras la furgoneta de “El Barato” muestra su piélago de telas, botones y cenefas. Subo las desgastadas escaleras y entro a la escuela del maestro, separada de la escuela  de la maestra por la oficina del Ayuntamiento, pues ya dijeron las de la “Sección Femenina”, que vinieron con “El Frente de Juventudes”, que “Los chicos con las chicas se vuelven sapos”. El humo espeso de siempre inunda la clase, mientras Paco el Grande intenta, con pequeños golpecitos, despegar el hollín del tubo, en la vieja y herrumbrosa estufa de leña. La escuela de D. Amador siempre huele a humo y a lirones, que anidan bajo la tarima y se comen el queso sobrante de los botes amarillos que mandan los americanos con el plan.  D. Amador reza la oración: ”Bendita la luz del día y el Señor que nos la envía, el arcángel San Miguel nos bendiga en este día y nos dé su Gloria. Amén.”, antes de cantar el “Cara al sol” y la tabla de multiplicar. Luego nos pone en corro y reparte los libros de Sancho Panza; siempre leemos en los libros de Sancho Panza y el burro; son libros viejos y desgastados de tanto leerlos y de golpearlos con el escantillón. Don Amador, cuando alguno lee mal, golpea el libro con la vara de avellano, no como D. Arsenio, el maestro de Valbuena de Montarco, que pega en la cabeza y muerde en la oreja al que lee mal; por eso en Valbuena leen todos bien. Cuando alguien sabe leer muy bien, la gente dice: “¡Jolín, este lee mejor que los de Valbuena!”  A mi me gusta mucho leer el libro de Sancho Panza y el burro, en el que pasan cosas muy graciosas, como la bacía del barbero; Sancho Panza, que sabe mucho y llegó a ser gobernador de una ínsula, tiene un ayudante que siempre se mete en líos y se empeña en ver las cosas como no son, y a la bacía del barbero la llama yelmo de Mambrino, pero Sancho Panza y su burro le sacan de los aprietos. En la escuela de D. Amador queremos mucho a Sancho Panza y al burro; en la escuela de Da. Fructuosa  las chicas no leen el mismo libro que nosotros, leen “Mis lecturas”, la casita de mi barrio y todo eso. Al que no sé si le gustará el libro de Sancho Panza es a Nicasín, porque por culpa del libro le han puesto apodo. Nicasín es muy listo para las cuentas, sabe hacer sumas de cinco filas sin equivocarse y es el mejor cazando ratas de agua en el río, pero no sabe leer bien, se le trabuca la lengua y tiene que leer muy despacio, casi letra por letra, por eso lee así:  ”En...un...lu...gar...de...la...Man...cha...de...cu...yo   nom...bre...no...quie...ro...a...cor...dar...me...”, y a alguno le da la risa y a Nicasín no le gusta. Por eso se conoce que preparó un trocito, se lo aprendió de memoria y esperó hasta que tuvo la suerte de que D. Amador le mandó leer el capítulo XI, que era el que guardaba en su memoria, así que leyó de corrido:”Fue recogido de los cabreros con buen ánimo, y habiendo Sancho, lo mejor que pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento...”, más al llegar aquí se apagó su memoria y Nicasín repitió, intentando recordar, “jumento...jumento...jumento...” lo que desató las risas del corro y propició las palabras de D. Amador: “Tú si que estás hecho un jumento, mas que jumento” . Y con Jumento se quedó. Por eso no creo que a Nicasín, al que ya todos llaman Jumento, le guste el libro de Sancho Panza y el burro. A los demás sí nos gusta, sobre todo a Perico, el del molino grande, que dice que ya era hora de que en los libros salgan molinos y molineros, porque tuvo la suerte de que le tocase leer el capítulo VIII, en el que el ayudante de Sancho Panza, ese que está medio loco, se pone a luchar contra unos molinos, pensando que son gigantes, y, al final, Sancho Panza y su burro le tienen que llevar molido a golpes, eso dijo D. Amador que significa la palabra “maltrecho”. Desde entonces, siempre que aparece algún molinero o algún molino, D. Amador  manda leer a Perico, el del molino grande, o, cuando salen cabreros, el que lee es Juanín, el hijo de Carlis, el pastor, que tiene rebaño de ovejas merinas y tres cabras, pero si las aventuras son en mesones o ventas, manda leer a Fortunito, el de la fonda; y así con todos, menos con Angelín, el hijo del taxista, así que, como no se había inventado el coche, siempre que tiene que leer Angelín,  lee la dedicatoria al duque de Bejar, que era también conde de Bañares, porque su madre es de Bañares y le gusta mucho ese pueblo. Por eso nos gusta tanto leer en el libro de Sancho Panza y el burro.  Yo no se lo he dicho a nadie, porque me da vergüenza, pero cuando sea mayor quiero ser escritor, para escribir aventuras como las de Sancho Panza y el burro, y también tendré que inventar un ayudante medio loco, que se meta en líos, como el que tiene Sancho Panza, creo que se llama D. Quijote de la Mancha.

                                                                                  ALONSO CHÁVARRI



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