Treinta y nueve euros
Me recibió un director de sucursal bancaria joven y maleducado. Tenía cara ojerosa y mirada desafiante. Era su primer día de trabajo tras las vacaciones veraniegas. Sentado en una incómoda silla de plástico y consultando impaciente la hora, yo lo esperaba a la puerta de su despacho. Llegó media hora tarde a la oficina y se sentó en su sillón de director. Encendió su ordenador antes de invitarme a sentarme enfrente de él. Quitó el papel a un chicle y se puso a masticarlo mientras escuchaba el motivo de mi visita. Me presenté como cliente antiguo y le pedí una devolución de treinta y nueve euros. Antes de contestarme miró la pantalla de su ordenador y me dijo con un tono de voz metálico:
―Usted tiene un saldo medio de doscientos cuarenta euros.
―¡No me lo puedo creer! ―le dije con voz pausada―. ¿Cómo puedo tener saldo a pesar de las comisiones e intereses que ustedes cobran? Por cierto, ¿ha visto el último apunte de treinta y nueve euros? No sé si esa cantidad son los intereses por tener un descubierto de doscientos euros durante dos días. Si fuese así, el cobro realizado por su banco me parece de una usura desproporcionada.
―Todo está regulado por el banco de España. ―dijo―. Deme tres días para hacer unas gestiones. Quizás se pueda encontrar una solución y le podamos devolver el dinero. Usted tiene futuro en esta Entidad.
―No creo que mi futuro esté vinculado con esta empresa.
―Sí usted lo ve así, hemos acabado. ―dijo mirando al tendido e ignorándome.
Me levanté y salí del despacho para pedir la anulación inmediata de mi cuenta corriente. Tuve que hacer cola hasta llegar a un mostrador de plástico, donde me atendió un empleado robot. No sé si me escuchó. No me miró. Al cabo de un rato vacío, y cuando iba a volver a repetirle lo que quería, me dijo: “No puedo darle la baja que me pide. El sistema se ha caído. Vuelva mañana.”
Y volví al día siguiente, y también tuve que hacer cola, y el empleado robot seguía detrás del mostrador, sin escuchar, sin mirar, y el sistema seguía caído, y me dijo que volviera al día siguiente. Y volví al día siguiente con un escrito pidiendo la anulación formal de la cuenta, y por fortuna el sistema funcionaba, y el empleado robot me dijo que tenía un saldo de doscientos diecisiete euros que pedí de inmediato, y me dio un papel para que firmase la cancelación, y yo lo firmé, pero solo me devolvió doscientos once euros, y pregunté por qué no me devolvía todo mi dinero, y me dijo que el sistema se había cobrado la comisión de cancelación, y yo le dije que eran unos sinvergüenzas, y la viejecita que estaba detrás de mi, esperando su turno, me dijo que llevaba razón, que sí, que eran unos sinvergüenzas, y me marché de la oficina con los doscientos once euros.
Llegué a mi casa con cara de pergamino. Tenía el cerebro bloqueado por una memoria cuya papelera estaba llena de interrogantes. ¿Qué podía hacer? Recordé que era socio de una organización de consumidores. Los llamé, y ya se sabe: música de fondo, una voz robótica que te dice: “Manténgase a la espera, le atenderemos antes de cinco minutos” Al final la misma voz dice: “Si es socio y sabe su número, márquelo con el teclado del teléfono. Si no lo sabe, manténgase a la espera”. Pasaron cinco minutos más, por fin conseguí oír una voz humana que me escuchaba., pero que no llevaba los asuntos financieros y me pasó con el encargado de los mismos. Otros cinco minutos de espera. Mi paciencia cambiaba de color. Pensaba en colgar el teléfono, pero no lo hice y tampoco pedí la baja de socio a la persona que me atendió. Entonces escuché una voz dulce y melodiosa, que me hizo cambiar inmediatamente de opinión. Me rendí ante ese susurro. Imagino que me hablaba una mujer pelirroja con ojos verdes y sonrisa sensual; sin duda era una mujer hermosa. Le contesté con cariño, como si me encontrase en un momento estupendo de un día feliz. Ella no defraudó mis sueños y me respondió pausadamente, con convicción, pero sin perder ese tono calido y complaciente. Deseé hacer lo que me dice. Acepté seguir sus instrucciones. Yo le hice preguntas tontas. No quería que terminase esta conversación, pero ella, pasados unos minutos decidió agradecer mi llamada y colgó el teléfono.
En mi casa hago los escritos siguiendo las instrucciones recibidas por esa mujer de cuento que me ha hechizado. Retorno al banco, y vuelvo a sentarme en esa incómoda silla de plástico, y vuelvo a esperar a que encienda su ordenador ese director maleducado, con cara de cemento, que incumple su horario, y que vuelve a masticar chicle. Le entrego mi escrito, donde pido la devolución de los treinta y nueve euros, y vuelvo nuevamente a escuchar sus necedades:
―Afortunadamente existe un organismo de arbitraje que dirá quién de los dos tiene razón. ―dice con expresión desafiante. Habla como si el banco fuera suyo. Puedo contestarle, pero pienso que no merece la pena perder más tiempo con argumentaciones que no iba a entender en el caso de que las escuche. Decido marcharme.
Camino de casa fui recordando a esa mujer que me había atendido una hora antes. ¿Y si la llamo para informarle de mis gestiones? Creo que sí, que voy a intentar hablar con ella otra vez.
1 comentario:
Eres un crac. Me gustan tus relatos. Tienen interés, estilo, se leen con agrado y fácilmente, enganchan hasta el final. Un abrazo de Fran
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