lunes, 4 de mayo de 2015

La indigencia del indígena Masái. Manuel García-Fogeda


Manuel García-Fogeda (Ciudad Real, 1961) lleva muchos años en el oficio de las palabras, aunque no lo hace profesionalmente. Es un escritor que trabaja mucho el aspecto psicológico de los personajes, que a menudo exhiben estados mentales alterados o viven situaciones misteriosas que rozan lo sobrenatural. Con un lenguaje sencillo, muy coloquial, retrata el "otro lado" de unas vidas aparentemente grises, pero llenas de aristas peligrosas que Fogeda retrata con minuciosidad de cirujano.  

Carmela Fischer Díaz

La indigencia del indígena Masái. Manuel García-Folgeda
Soy sonámbulo, por eso cuando me desperté en mitad de aquel poblado Masái no me dio un ataque al corazón: ya estaba acostumbrado. Habíamos salido con la agencia de viajes de safari y pernoctamos en una pradera que debía estar cerca de aquel lugar. Cuando me vieron aparecer con mi mochila y mi traje caqui, todos se extrañaron y algunos se echaron a reír. En seguida apareció el jefe y pronto nos pusimos a hablar. Conocían el español gracias al padre Umberto, un agustino de Valdepeñas, conocido mío, que evangelizaba en esa zona y para el cual traía en mi macuto un par de botellas de vino. No pude tener más suerte. Terminamos charlando algunos de los hombres y yo alrededor del fuego.
A pesar de la oscuridad de la noche, el atraso de aquellas gentes se hacía patente en sus vestimentas y en sus cabañas, que no voy a describir porque todos las conocemos por la televisión. Me dieron a comer carne de avestruz muy buena y un licor más rico aún. Hasta que mediado ya el primer tazón, me di cuenta de que era mi Valdepeñas lo que nos estábamos bebiendo o, mejor dicho, el del padre Umberto. Al verme la cara y preguntar por el líquido, todos se echaron a reír y me dijeron que el padre Umberto lo entendería. Pero a mí me intrigaba entonces cómo habían conseguido descorchar el Valdepeñas, y así se lo hice saber. Seguidamente uno de los negros sacó la otra botella —que yo creía dentro de mi macuto—, golpeó el culo de esta contra la pared de adobe de la cabaña que había allí al lado y el corcho salió un par de dedos sin que el cristal se lastimase lo más mínimo.
Continuamos bebiendo y hablando mientras yo me dedicaba a ilustrar a aquellas mentes ignorantes y ellos se interesaban por todo lo que les iba enseñando con gran regocijo y derroche de risas. En un momento de la conversación, yo menté la palabra coche y todos me miraron extrañados y se echaron a reír encogiéndose de hombros entre vocablos de su lengua. Entonces el jefe, Masái, como yo le llamaba, me suplicó que les explicase lo que era un coche.
Verás, Masái, un coche es una especie de cabaña pequeña y cuadrada, no más alta que un hombre y les dibujé uno en el suelo con una rama hecha de metal, como mi cuchillo ¿entiendes? y se lo enseñé ante el asombro de todos. Está subida en cuatro ruedas que dan vueltas y que hacen que se desplace hacia donde tú quieras. Lleva dos filas de asientos para que te puedas sentar tú, tu mujer y tus hijos, bueno… si no tienes más de tres. En la fila delantera lleva un volante, como un palo redondo y volví a hacerles otro dibujo, que sirve para guiarlo con tus manos y yo simulaba hacerlo y ellos me imitaban muy divertidos. Por la parte de delante, atrás y los lados lleva ventanas de cristal, como mis gafas y se las enseñé sacando los mismos tonos de sorpresa, por las que puedes ver para conducirte mejor.
Mientras tanto, Masái, entornaba los ojos y parecía fascinado, siempre con una sonrisa en la boca, gesticulando como yo lo hacía, como si fuera mi doble.
Mira Masái, esta es la llave del mío de alquiler le dije sacándola del macuto y mostrándosela. Tienes que meterla con los dientes hacia abajo y girar a la derecha para abrir la puerta del conductor. Después te montas en el asiento donde está el volante y, debajo de este, en el lado derecho, vuelves a meter la llave en otra ranura que hay y la giras hacia delante, así –e hice el gesto de arrancarlo mientras él me imitaba y se desternillaba de risa.
Gracias, Paco, esto es muy divertido, me estás enseñando lo que es un coche. Eres genial. Ahora necesito saber cómo funciona. ¿Podías mandarme uno desde Madrid? me dijo con su acento remarcando cada letra.
Bueno eso va a ser más difícil, no creo que SEUR llegue hasta aquí le respondí sin querer burlarme del indígena. Y ahora sigue escuchándome. Al girar la llave el coche arranca con un gran rugido, como el de un león y entonces todos profirieron un ¡oh! sorpresivo, levantando las manos y echándose hacia atrás, pero no os asustéis, es su sonido y quiere decir que está listo para funcionar ¡aah! Exclamaron todos. Entonces tienes que pisar el embrague. Bueno, verás, esto es muy importante, atiende bien. Delante de los pies tienes tres pedales, el de la izquierda es el embrague, que luego te diré para lo que sirve, el del centro es el freno y el de la derecha el acelerador. Que quieres parar o ir más despacio, pisas el freno; que quieres ir más deprisa, pisas el acelerador. Y ahora viene lo más difícil, a la derecha está la palanca de las marchas o de cambios, un palo de hierro vertical que se mueve para que el coche vaya cogiendo velocidad, pero antes de moverlo debes pisar el embrague y poner la palanca en el lugar que te indica un dibujito que hay en la bola que ésta lleva en el extremo de arriba. Pisamos el embrague y metemos primera, pisamos el acelerador después progresivamente y muy despacio, al tiempo que vamos soltando el embrague con mucho cuidado para que no se pare el motor ni el coche salga disparado. Cuando hayamos conseguido poner en marcha el vehículo, cambiamos la palanca hacia atrás, a la segunda velocidad, según el dibujo, soltando el embrague con cuidado; después repetimos la operación con la tercera velocidad y la cuarta, la quinta, la sexta… ¡la sexta! repitieron todos hasta donde la carretera te permita. Tampoco has de olvidar el freno de mano, que está detrás de la palanca de cambios y que sirve para que el coche no se mueva cuando está estacionado. Debería enseñarte también lo de las luces, los retrovisores, los limpiaparabrisas, la calefacción… pero eso lo dejaremos para otro día. Además, aquí la calefacción… como que no.
Entonces se levantó Masái, vació las últimas gotas de vino de la botella sobre su cuenco y puso cara de disgusto. Entonces me incorporó cogiéndome de la mano y, echándome el brazo por los hombros, alumbrados por una antorcha, me llevó hasta el final del poblado, detrás de su cabaña.
Está bien, Paquito, y ahora dime el número del móvil de tu mujer o el de la agencia de viajes y, sacándose un móvil del taparrabos, se acercó hasta un Austin Victoria muy bien cuidado que había allí aparcado y, sentándose en el capó, llamó por teléfono a Mercedes, que aprovechó la  ocasión para regañarme, por medio de Masai, por salir de aquella manera.

No problema, en dos horas están aquí. Te podría llevar yo pero hasta que no venga el padre Umberto con la gasolina… Por cierto, ¿por qué no te quedas aquí y montas una autoescuela?  


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