Manuel García-Fogeda (Ciudad Real, 1961) lleva muchos años en el oficio de las palabras, aunque no lo hace profesionalmente. Es un escritor que trabaja mucho el aspecto psicológico de los personajes, que a menudo exhiben estados mentales alterados o viven situaciones misteriosas que rozan lo sobrenatural. Con un lenguaje sencillo, muy coloquial, retrata el "otro lado" de unas vidas aparentemente grises, pero llenas de aristas peligrosas que Fogeda retrata con minuciosidad de cirujano.
Carmela Fischer Díaz
La indigencia del indígena Masái. Manuel García-Folgeda
Soy sonámbulo, por eso cuando me desperté
en mitad de aquel poblado Masái no me dio un ataque al corazón: ya estaba
acostumbrado. Habíamos salido con la agencia de viajes de safari y pernoctamos
en una pradera que debía estar cerca de aquel lugar. Cuando me vieron aparecer
con mi mochila y mi traje caqui, todos se extrañaron y algunos se echaron a
reír. En seguida apareció el jefe y pronto nos pusimos a hablar. Conocían el
español gracias al padre Umberto, un agustino de Valdepeñas, conocido mío, que
evangelizaba en esa zona y para el cual traía en mi macuto un par de botellas
de vino. No pude tener más suerte. Terminamos charlando algunos de los hombres
y yo alrededor del fuego.
A pesar de la oscuridad de la noche, el
atraso de aquellas gentes se hacía patente en sus vestimentas y en sus cabañas,
que no voy a describir porque todos las conocemos por la televisión. Me dieron
a comer carne de avestruz muy buena y un licor más rico aún. Hasta que mediado
ya el primer tazón, me di cuenta de que era mi Valdepeñas lo que nos estábamos
bebiendo o, mejor dicho, el del padre Umberto. Al verme la cara y preguntar por
el líquido, todos se echaron a reír y me dijeron que el padre Umberto lo
entendería. Pero a mí me intrigaba entonces cómo habían conseguido descorchar el
Valdepeñas, y así se lo hice saber. Seguidamente uno de los negros sacó la otra
botella —que yo creía dentro
de mi macuto—, golpeó el culo de esta contra la pared de adobe de la
cabaña que había allí al lado y el corcho salió un par de dedos sin que el cristal
se lastimase lo más mínimo.
Continuamos bebiendo y hablando mientras yo
me dedicaba a ilustrar a aquellas mentes ignorantes y ellos se interesaban por
todo lo que les iba enseñando con gran regocijo y derroche de risas. En un
momento de la conversación, yo menté la palabra coche y todos me miraron
extrañados y se echaron a reír encogiéndose de hombros entre vocablos de su
lengua. Entonces el jefe, Masái, ―como yo
le llamaba―, me
suplicó que les explicase lo que era un coche.
—Verás,
Masái, un coche es una especie de cabaña pequeña y cuadrada, no más alta que un
hombre —y les
dibujé uno en el suelo con una rama— hecha
de metal, como mi cuchillo ¿entiendes? —y se lo enseñé ante el asombro de todos—. Está subida en cuatro ruedas que dan
vueltas y que hacen que se desplace hacia donde tú quieras. Lleva dos filas de
asientos para que te puedas sentar tú, tu mujer y tus hijos, bueno… si no
tienes más de tres. En la fila delantera lleva un volante, como un palo redondo
—y volví a hacerles otro
dibujo—, que
sirve para guiarlo con tus manos —y yo
simulaba hacerlo y ellos me imitaban muy divertidos—. Por la parte de delante, atrás y los
lados lleva ventanas de cristal, como mis gafas —y se las enseñé sacando los mismos tonos de
sorpresa—, por
las que puedes ver para conducirte mejor.
Mientras tanto, Masái, entornaba los ojos y
parecía fascinado, siempre con una sonrisa en la boca, gesticulando como yo lo
hacía, como si fuera mi doble.
—Mira
Masái, esta es la llave del mío de alquiler —le dije sacándola del macuto y
mostrándosela—.
Tienes que meterla con los dientes hacia abajo y girar a la derecha para abrir
la puerta del conductor. Después te montas en el asiento donde está el volante
y, debajo de este, en el lado derecho, vuelves a meter la llave en otra ranura
que hay y la giras hacia delante, así –e hice el gesto de arrancarlo mientras
él me imitaba y se desternillaba de risa.
—Gracias,
Paco, esto es muy divertido, me estás enseñando lo que es un coche. Eres
genial. Ahora necesito saber cómo funciona. ¿Podías mandarme uno desde Madrid? —me dijo con su acento remarcando cada
letra.
—Bueno
eso va a ser más difícil, no creo que SEUR llegue hasta aquí —le respondí sin querer burlarme del
indígena—. Y
ahora sigue escuchándome. Al girar la llave el coche arranca con un gran
rugido, como el de un león —y
entonces todos profirieron un ¡oh! sorpresivo, levantando las manos y echándose
hacia atrás—, pero
no os asustéis, es su sonido y quiere decir que está listo para funcionar —¡aah! Exclamaron todos—. Entonces tienes que pisar el embrague.
Bueno, verás, esto es muy importante, atiende bien. Delante de los pies tienes
tres pedales, el de la izquierda es el embrague, que luego te diré para lo que
sirve, el del centro es el freno y el de la derecha el acelerador. Que quieres
parar o ir más despacio, pisas el freno; que quieres ir más deprisa, pisas el
acelerador. Y ahora viene lo más difícil, a la derecha está la palanca de las
marchas o de cambios, un palo de hierro vertical que se mueve para que el coche
vaya cogiendo velocidad, pero antes de moverlo debes pisar el embrague y poner
la palanca en el lugar que te indica un dibujito que hay en la bola que ésta
lleva en el extremo de arriba. Pisamos el embrague y metemos primera, pisamos
el acelerador después progresivamente y muy despacio, al tiempo que vamos
soltando el embrague con mucho cuidado para que no se pare el motor ni el coche
salga disparado. Cuando hayamos conseguido poner en marcha el vehículo,
cambiamos la palanca hacia atrás, a la segunda velocidad, según el dibujo,
soltando el embrague con cuidado; después repetimos la operación con la tercera
velocidad y la cuarta, la quinta, la sexta… —¡la sexta! repitieron todos— hasta donde la carretera te permita.
Tampoco has de olvidar el freno de mano, que está detrás de la palanca de
cambios y que sirve para que el coche no se mueva cuando está estacionado.
Debería enseñarte también lo de las luces, los retrovisores, los
limpiaparabrisas, la calefacción… pero eso lo dejaremos para otro día. Además,
aquí la calefacción… como que no.
Entonces se levantó Masái, vació las
últimas gotas de vino de la botella sobre su cuenco y puso cara de disgusto.
Entonces me incorporó cogiéndome de la mano y, echándome el brazo por los
hombros, alumbrados por una antorcha, me llevó hasta el final del poblado,
detrás de su cabaña.
—Está
bien, Paquito, y ahora dime el número del móvil de tu mujer o el de la agencia
de viajes —y,
sacándose un móvil del taparrabos, se acercó hasta un Austin Victoria muy bien cuidado que había allí aparcado y,
sentándose en el capó, llamó por teléfono a Mercedes, que aprovechó la ocasión para regañarme, por medio de Masai,
por salir de aquella manera.
—No
problema, en dos horas están aquí. Te podría llevar yo pero hasta que no venga
el padre Umberto con la gasolina… Por cierto, ¿por qué no te quedas aquí y
montas una autoescuela?

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