Justo y
Trini
Justo y Trini permanecían sentados
en el banquillo de los acusados. El juez les mandó levantarse y dirigiéndose a
ellos les preguntó:
―¿Se declaran inocente o culpables?
Pasaron unos largos segundos de silencio. Se
miraron mutuamente y Trini contestó:
―Culpables.
El abogado defensor, nombrado de
oficio, se incorporó como un resorte de su asiento y dijo:
―No señoría, no. Ellos se declaran
inocentes.
En el informe de la policía, se
constataba de forma categórica que los acusados habían sido detenidos por el
robo en uno de los grandes supermercados de una botella de ron, una bolsa de
queso y caramelos. El hecho había sido grabado por una de las cámaras del
establecimiento. Ante estas evidencias, la defensa del caso se presentaba muy
complicada, pero el abogado de oficio era muy joven y perspicaz. Conocía al
juez que presidía la audiencia y sabía que era muy sensible a los problemas
sociales. Así pues, decidió realizar un interrogatorio a los testigos que
evidenciara una situación difícil de juzgar y sentenciar.
Justo, con movimientos torpes, se
levantó del banquillo a requerimiento de su abogado. Parecía una persona
apocada cuyo rostro, muy cansado, mostraba más edad de la que en realidad
tenía. Al preguntarle el motivo del robo contestó torpemente:
―Necesitaba el ron, Trini se pone
muy nerviosa, y un trago al levantarse la tranquiliza. Los caramelos son para mis
nietos y el queso también. A veces esos niños solo comen cuando vienen a casa.
Trini adoptó una actitud muy
distinta a Justo:
―¿Por qué no vamos a robar lo que
necesitamos? ―dijo voceando con cara irritada.
Su abogado trató de calmarla pero se
encontró ante una mujer de carácter implacable, difícil de controlar. Le rogó
que permaneciera callada durante el juicio pero no lo consiguió. Trini no le
hizo caso y defendió con bravura, no exenta de convicción, su robo:
―Mi
marido y yo hemos trabajado incansablemente toda la vida y, ¿de qué nos ha
servido? Ahora difícilmente conseguimos subsistir. Cuando vienen mis nietos
apenas podemos darles algo para que coman. Yo necesito beber para aliviar mis
dolores. ¿Qué de malo hay en que robe algo de queso para que coman los niños?
¡Métanos en la cárcel! Allí nosotros comeremos; pero, ¿quién les dará de comer
a mis nietos? ―dijo Trini con un tono de
voz crispado. Hizo una pausa y mirando desafiante al juez le increpó:
―Nos puede poner una multa pero,
¿quién la pagará?
El juez mandó callar a la acusada y
el juicio quedó visto para sentencia.
Unos días antes, el periodista Ángel
López se encontraba trabajando en un artículo sobre la pobreza energética
cuando recibió la llamada del letrado Iglesias. A pesar de que su relación con
él no era demasiado buena, ya que el abogado acostumbraba a utilizar la prensa para
sus intereses, al decirle que el fiscal pedía dos años de cárcel por un robo
insignificante, Ángel López decidió estudiar el caso y hablar con los acusados.
Los acusados: Justo y Trini vivían
en un piso pequeño en las afueras de la ciudad. Una niña, que no tendría más de
seis años, le abrió la puerta de la casa. Enseguida apareció una mujer
despeinada, de cara agria, que vestía una bata negra mugrienta. El periodista
se presentó y le dijo que su abogado le había pedido que fuera a visitarla para
que le contase todo lo sucedido en el hipermercado. Trini, en un primer
momento, desconfió y dudó en hablar con el reportero. Sólo cuando le preguntó si
les podría ayudar y recibió una respuesta
afirmativa, empezó a contar su historia:
―Justo y yo estábamos pasando muchas
necesidades ―dijo Trini. Siempre habíamos vivido al limite, sin muchas
alegrías, pero con algún adelanto en la tienda del barrio llegábamos a fin de
mes; luego, el día uno cobraba su pensión e inmediatamente pagaba al tendero. Somos
pobres pero honrados. Lo que pasa es que este año ha sido horrible con tantos
recortes. En el barrio todos lo hemos notado. La mayoría de los vecinos tiene
luz de forma ilegal. ¿Cómo se puede pagar un recibo mensual de cien euros si se
cobran cuatrocientos? Muchos hemos tenido que ayudar a nuestros hijos para que
puedan comer. Es raro el día que mis nietos no están en nuestra casa a la hora
del almuerzo. Mi hijo está sin trabajo y de mi nuera mejor no hablar; algunos
dicen que está metida en eso de las drogas, pero vete tú a saber. Yo pienso que
no; me creería más que está en lo otro, es decir, que anda con hombres que le
pagan…
A Ángel López le conmovió la
respuesta de esta anciana, en el límite de la indigencia, por su sinceridad, y
se interesó en conocer su vida. Había empezado a trabajar a los diez años como
sirvienta. Escribía su nombre con dificultad. Decía que sabía leer pero era muy
dudosa esa afirmación. Se había casado con Justo muy joven, antes de cumplir los
dieciocho años. Solo habían tenido un hijo. Tanto ella como su marido habían
trabajado hasta su jubilación. Hasta hace pocos años no habían tenido problemas
económicos; ahora es cuando peor lo estaban pasando, mucho peor que cuando eran
niños y apenas disponían de un plato de sopa aguada como única comida en todo
el día. Tenían que ayudar a su hijo; es verdad que podían hacer muy poco, pero
a sus nietos no les faltaba algo de alimento en su casa.
Al cabo de un año. El abogado
Iglesias fue llamado por el juez para comunicarle su sentencia en el caso del
robo realizado por Justo y Trini. No era la primera vez que el magistrado
encargado de dictar sentencia se había enfrentado a una situación donde el
delito era evidente, pero donde también se daban un conjunto de circunstancias
que debía considerar. En estos casos el juez siempre se hacía la misma
pregunta: ¿qué puedo hacer? La infracción está clara y la sentencia que le
corresponde también, pero como juez debo
juzgar y no limitarme a aplicar un manual. ¡Al carajo con todo!, exclamó el
juez con gesto serio al mismo tiempo que firmaba la libertad de los acusados.
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