sábado, 18 de julio de 2015

José Luis Carlavilla: Justo y Trini

Justo y Trini

            Justo y Trini permanecían sentados en el banquillo de los acusados. El juez les mandó levantarse y dirigiéndose a ellos les preguntó:
            ―¿Se declaran inocente o culpables?
             Pasaron unos largos segundos de silencio. Se miraron mutuamente y Trini contestó:
            ―Culpables.
            El abogado defensor, nombrado de oficio, se incorporó como un resorte de su asiento y dijo:
            ―No señoría, no. Ellos se declaran inocentes.
            En el informe de la policía, se constataba de forma categórica que los acusados habían sido detenidos por el robo en uno de los grandes supermercados de una botella de ron, una bolsa de queso y caramelos. El hecho había sido grabado por una de las cámaras del establecimiento. Ante estas evidencias, la defensa del caso se presentaba muy complicada, pero el abogado de oficio era muy joven y perspicaz. Conocía al juez que presidía la audiencia y sabía que era muy sensible a los problemas sociales. Así pues, decidió realizar un interrogatorio a los testigos que evidenciara una situación difícil de juzgar y sentenciar.
            Justo, con movimientos torpes, se levantó del banquillo a requerimiento de su abogado. Parecía una persona apocada cuyo rostro, muy cansado, mostraba más edad de la que en realidad tenía. Al preguntarle el motivo del robo contestó torpemente:
            ―Necesitaba el ron, Trini se pone muy nerviosa, y un trago al levantarse la tranquiliza. Los caramelos son para mis nietos y el queso también. A veces esos niños solo comen cuando vienen a casa.
            Trini adoptó una actitud muy distinta a Justo:
            ―¿Por qué no vamos a robar lo que necesitamos? ―dijo voceando con cara irritada.
            Su abogado trató de calmarla pero se encontró ante una mujer de carácter implacable, difícil de controlar. Le rogó que permaneciera callada durante el juicio pero no lo consiguió. Trini no le hizo caso y defendió con bravura, no exenta de convicción, su robo:
            ―Mi marido y yo hemos trabajado incansablemente toda la vida y, ¿de qué nos ha servido? Ahora difícilmente conseguimos subsistir. Cuando vienen mis nietos apenas podemos darles algo para que coman. Yo necesito beber para aliviar mis dolores. ¿Qué de malo hay en que robe algo de queso para que coman los niños? ¡Métanos en la cárcel! Allí nosotros comeremos; pero, ¿quién les dará de comer a mis nietos?  ―dijo Trini con un tono de voz crispado. Hizo una pausa y mirando desafiante al juez le increpó:
            ―Nos puede poner una multa pero, ¿quién la pagará?
            El juez mandó callar a la acusada y el juicio quedó visto para sentencia.
            Unos días antes, el periodista Ángel López se encontraba trabajando en un artículo sobre la pobreza energética cuando recibió la llamada del letrado Iglesias. A pesar de que su relación con él no era demasiado buena, ya que el abogado acostumbraba a utilizar la prensa para sus intereses, al decirle que el fiscal pedía dos años de cárcel por un robo insignificante, Ángel López decidió estudiar el caso y hablar con los acusados.
            Los acusados: Justo y Trini vivían en un piso pequeño en las afueras de la ciudad. Una niña, que no tendría más de seis años, le abrió la puerta de la casa. Enseguida apareció una mujer despeinada, de cara agria, que vestía una bata negra mugrienta. El periodista se presentó y le dijo que su abogado le había pedido que fuera a visitarla para que le contase todo lo sucedido en el hipermercado. Trini, en un primer momento, desconfió y dudó en hablar con el reportero. Sólo cuando le preguntó si les podría ayudar y recibió una respuesta  afirmativa, empezó a contar su historia:
            ―Justo y yo estábamos pasando muchas necesidades ―dijo Trini. Siempre habíamos vivido al limite, sin muchas alegrías, pero con algún adelanto en la tienda del barrio llegábamos a fin de mes; luego, el día uno cobraba su pensión e inmediatamente pagaba al tendero. Somos pobres pero honrados. Lo que pasa es que este año ha sido horrible con tantos recortes. En el barrio todos lo hemos notado. La mayoría de los vecinos tiene luz de forma ilegal. ¿Cómo se puede pagar un recibo mensual de cien euros si se cobran cuatrocientos? Muchos hemos tenido que ayudar a nuestros hijos para que puedan comer. Es raro el día que mis nietos no están en nuestra casa a la hora del almuerzo. Mi hijo está sin trabajo y de mi nuera mejor no hablar; algunos dicen que está metida en eso de las drogas, pero vete tú a saber. Yo pienso que no; me creería más que está en lo otro, es decir, que anda con hombres que le pagan…
            A Ángel López le conmovió la respuesta de esta anciana, en el límite de la indigencia, por su sinceridad, y se interesó en conocer su vida. Había empezado a trabajar a los diez años como sirvienta. Escribía su nombre con dificultad. Decía que sabía leer pero era muy dudosa esa afirmación. Se había casado con Justo muy joven, antes de cumplir los dieciocho años. Solo habían tenido un hijo. Tanto ella como su marido habían trabajado hasta su jubilación. Hasta hace pocos años no habían tenido problemas económicos; ahora es cuando peor lo estaban pasando, mucho peor que cuando eran niños y apenas disponían de un plato de sopa aguada como única comida en todo el día. Tenían que ayudar a su hijo; es verdad que podían hacer muy poco, pero a sus nietos no les faltaba algo de alimento en su casa.

            Al cabo de un año. El abogado Iglesias fue llamado por el juez para comunicarle su sentencia en el caso del robo realizado por Justo y Trini. No era la primera vez que el magistrado encargado de dictar sentencia se había enfrentado a una situación donde el delito era evidente, pero donde también se daban un conjunto de circunstancias que debía considerar. En estos casos el juez siempre se hacía la misma pregunta: ¿qué puedo hacer? La infracción está clara y la sentencia que le corresponde también, pero  como juez debo juzgar y no limitarme a aplicar un manual. ¡Al carajo con todo!, exclamó el juez con gesto serio al mismo tiempo que firmaba la libertad de los acusados. 

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