UNA CENA DE COMPROMISO
Ricardo es periodista
gráfico, se gana la vida recorriendo el mundo, haciendo reportajes para revistas
de viajes. En uno de esos viajes, perdido en un enjambre de calles oscuras,
descubrió una tienda que exhibía en el escaparate porcelanas chinas mezcladas
con botellas llenas de líquidos densos
donde flotaban flores o seres diminutos
nadando en una carrera sin fin. Ricardo entró, un hombre menudo con rasgos
orientales dibujaba en un papiro caracteres
japoneses. Levantó la vista del papiro y le saludó con una pequeña
reverencia. El hombre le invitó a tomar el té, por cierto delicioso, mientras lo bebían lentamente, conversaban
como si fueran amigos de toda la vida. Ricardo absorbía las anécdotas que contaba el singular
personaje y una sensación de bienestar se instaló en su cuerpo y en su mente.
Salió de la tienda envuelto en una nube de amor hacia el mundo. Y con un
paquete del té mágico que el anciano le había recomendado. Únicamente le hizo una
advertencia. Este té , le dijo, disipa los miedos , abre el corazón y nos hace
ser tan naturales como cuando éramos niños, por eso elige bien con quien lo
compartes.
Ricardo lustra por tercera vez sus zapatos de gala, comprueba ante
el espejo la línea perfecta de su esmoquin negro. Acaricia los gemelos de oro,
regalo de compromiso de su novia, ensaya ante el espejo su mejor sonrisa, busca
su perfil más favorecedor y se da un
sobresaliente. Recoge el té , piensa que la cena de esta noche es una buena ocasión
para comprobar su eficacia. Baja al garaje y se dirige en el coche a recoger a
sus padres y a su abuela.
Están invitados a cenar en
casa de su novia Lara, ambas familias quieren conocerse antes de la boda.
La noche es oscura, un ronroneo de tormenta se oye a lo lejos. En lo
alto de la colina se dibuja el contorno iluminado de la mansión. Ricardo y su
novia Lara hacen las presentaciones, por evitar silencios incomodos, todos
empiezan a hablar a la vez, por lo que nadie se entera de nada. La mesa para la cena está preparada en el salón,
engalanado con candelabros de plata, mullidas
alfombras que amortiguan los sonidos de las conversaciones, creando un ambiente
elegante. La mesa alargada cubierta con mantel de hilo y dispuesta con
porcelana y cristalería fina luce esplendida a la luz de las arañas de cristal
y las luces vacilantes de las velas. Unos servilleteros de plata con el nombre
de cada comensal les indican donde tienen que sentarse. La mesa la preside en
un extremo el padre de Lara, hombre de pocas palabras, sonríe con timidez a su
compañera de su derecha, la madre de Ricardo,
vestida con un escotado vestido de satén negro y adornada con grandes
perlas en forma de lagrima; esta habla sin esperar contestación, riéndose de
sus propios chistes con una risa
cascabelera que aturde a su compañero de mesa, amante empedernido del silencio.
En el otro extremo de la mesa, la madre de Lara vestida de blanco y negro como un arlequín, sus
labios maquillados de rojo fuego se abren y cierran con la rapidez de un rayo,
expresando sus rotundas opiniones . A su lado el padre de Lara la escucha atónito rebatiéndole constantemente sus comentarios. La
abuela de Ricardo es una señora más ancha que alta, con el pelo blanco con un
ligero matiz malva recogido en un alto moño, viuda desde hace muchos años,
viste de negro riguroso por dentro y por fuera. Su pareja en la mesa es el
abuelo de Lara, también viudo, hombre alto, enjuto con poblados mostachos y
ojos inquisidores, su voz resuena como si estuviera metida en una caverna, sus
manos grandes y huesudas acompañan enérgicas sus comentarios.
Con los postres se sirve el delicioso té expresamente traído por
el novio para tan ilustre ocasión. Las teteras
humeantes exhalan vaharadas envolventes de intenso y exótico perfume
mezcla de flores y especias. Las tazas de porcelana china esperan anhelantes el
preciado líquido con coquetería. Un silencio extraño apaga los murmullos de las conversaciones mientras el té se
sirve. Los comensales levantan a la vez, sin mirarse, las delicadas tazas,
aspiran su aroma con los ojos semicerrados y lentamente permiten que el liquido
caliente y dulce se deslice como una caricia por sus gargantas. Conforme beben
a sorbos pequeños, los caballeros aflojan el nudo de las corbatas, las señoras
secan con disimulo el sudor que perla sus frentes, un eco de suspiros sofocados
flota en el ambiente. Las manos tiemblan al depositar las tazas vacías en sus
platillos, provocando un concierto de tintineos desconcertantes. De repente, se
miran, la papada de la abuela tiembla, el abuelo la mira y buceando en sus
profundas arrugas descubre la belleza perdida de su juventud, su mano huesuda
roza levemente los hoyuelos de la mano de su compañera. El padre de Lara mira
extasiado como la perla del colgante de su consuegra se pierde en los túneles
secretos de su generoso escote, ella siente su mirada y ruborosa se humedece
los labios mirándole fijamente. La madre
del novio mira la perilla perfectamente recortada de su compañero de mesa y
siente como una lava incandescente le sube desde el vientre hasta instalarse
directamente en su rostro, tal sacudida la siente su compañero que la mira como
un bombero observa un incendio, calculando las opciones de entrada y de salida
para no quedar atrapado en el fuego.
Los novios observan perplejos la escena, incapaces de controlarla.
Un relámpago rasga el negro cielo. Las cristaleras del balcón se
abren con un tremendo empellón del viento, las luces se apagan. Todo queda
oscuro. El silencio se llena del ris ras de cremalleras subiendo y bajando,
ruidos metálicos rodando por el suelo, risas ahogadas, gemidos sofocados,
cachetes, exclamaciones de sorpresa….
La luz como una visita inoportuna hace su aparición, así sin
avisar, los comensales los que pueden se sientan con presteza con los rostros
arrebolados y los vestidos y trajes arrugados y maltrechos al igual que sus
maquillajes y tocados. A los abuelos tienen que ayudarles a levantarse. Por
fin, todos están sentados con la mirada fija en el mantel como buscando la solución de un difícil enigma.
Poco a poco las respiraciones se normalizan, y algunos se atreven a levantar la vista del mantel y mirar de soslayo a los otros. La abuela
mueve sus regordetas manos, palpándose
su corpulenta figura, buscando desesperadamente su dentadura postiza,
mientras sus labios se hunden cada vez más y más en los vericuetos de su desolada boca. De pronto,
la descubre enredada en los bigotes del abuelo, que grita horrorizado cuando de
un tirón le arranca la dentadura y la mitad del mostacho con ella.
Los adornos de carmín decoran profusamente las blancas pecheras de
las camisas de los hombres.
Las joyas de las señoras descansan debajo de la mesa como un
tesoro en el fondo del mar esperando a ser rescatado.
La anfitriona de la casa, intenta hablar, una vez, dos veces y a
la tercera consigue emitir un gritito agudo, carraspea con energía, se yergue en su silla todo lo que puede y con la poca dignidad que le queda pregunta:
- ¿café para todos?
- Si, por favor- contesta el coro al unísono.
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