jueves, 17 de septiembre de 2015

Ángela de los Reyes: Una cena de compromiso

UNA CENA DE COMPROMISO

Ricardo es  periodista gráfico, se gana la vida recorriendo el mundo, haciendo reportajes para revistas de viajes. En uno de esos viajes, perdido en un enjambre de calles oscuras, descubrió una tienda que exhibía en el escaparate porcelanas chinas mezcladas con botellas llenas de líquidos  densos donde flotaban flores o  seres diminutos nadando en una carrera sin fin. Ricardo entró, un hombre menudo con rasgos orientales dibujaba en un papiro caracteres  japoneses. Levantó la vista del papiro y le saludó con una pequeña reverencia. El hombre le invitó a tomar el té, por cierto delicioso,  mientras lo bebían lentamente, conversaban como si fueran amigos de toda la vida. Ricardo absorbía  las anécdotas que contaba el singular personaje y una sensación de bienestar se instaló en su cuerpo y en su mente. Salió de la tienda envuelto en una nube de amor hacia el mundo. Y con un paquete del té mágico que el anciano le había recomendado. Únicamente le hizo una advertencia. Este té , le dijo, disipa los miedos , abre el corazón y nos hace ser tan naturales como cuando éramos niños, por eso elige bien con quien lo compartes.
  
Ricardo lustra por tercera vez sus zapatos de gala, comprueba ante el espejo la línea perfecta de su esmoquin negro. Acaricia los gemelos de oro, regalo de compromiso de su novia, ensaya ante el espejo su mejor sonrisa, busca su perfil más favorecedor y se da  un sobresaliente. Recoge el té , piensa que la cena de esta noche es una buena ocasión para comprobar su eficacia. Baja al garaje y se dirige en el coche a recoger a sus padres y a su abuela.
Están invitados  a cenar en casa de su novia Lara, ambas familias quieren conocerse antes de la boda.

La noche es oscura, un ronroneo de tormenta se oye a lo lejos. En lo alto de la colina se dibuja el contorno iluminado de la mansión. Ricardo y su novia Lara hacen las presentaciones, por evitar silencios incomodos, todos empiezan a hablar a la vez, por lo que nadie se entera de nada.  La  mesa para la cena está preparada en el salón, engalanado  con candelabros de plata, mullidas alfombras que amortiguan los sonidos de las conversaciones, creando un ambiente elegante. La mesa alargada cubierta con mantel de hilo y dispuesta con porcelana y cristalería fina luce esplendida a la luz de las arañas de cristal y las luces vacilantes de las velas. Unos servilleteros de plata con el nombre de cada comensal les indican donde tienen que sentarse. La mesa la preside en un extremo el padre de Lara, hombre de pocas palabras, sonríe con timidez a su compañera de su derecha, la madre de Ricardo,  vestida con un escotado vestido de satén negro y adornada con grandes perlas en forma de lagrima; esta habla sin esperar contestación, riéndose de sus propios  chistes con una risa cascabelera que aturde a su compañero de mesa, amante empedernido del silencio. En el otro extremo de la mesa, la madre de Lara vestida  de blanco y negro como un arlequín, sus labios maquillados de rojo fuego se abren y cierran con la rapidez de un rayo, expresando sus rotundas opiniones . A su lado el padre de Lara  la escucha atónito  rebatiéndole constantemente sus comentarios. La abuela de Ricardo es una señora más ancha que alta, con el pelo blanco con un ligero matiz malva recogido en un alto moño, viuda desde hace muchos años, viste de negro riguroso por dentro y por fuera. Su pareja en la mesa es el abuelo de Lara, también viudo, hombre alto, enjuto con poblados mostachos y ojos inquisidores, su voz resuena como si estuviera metida en una caverna, sus manos grandes y huesudas acompañan enérgicas sus comentarios.
Con los postres se sirve el delicioso té expresamente traído por el novio para tan ilustre ocasión. Las teteras  humeantes exhalan vaharadas envolventes de intenso y exótico perfume mezcla de flores y especias. Las tazas de porcelana china esperan anhelantes el preciado líquido con coquetería. Un silencio extraño apaga los murmullos  de las conversaciones mientras el té se sirve. Los comensales levantan a la vez, sin mirarse, las delicadas tazas, aspiran su aroma con los ojos semicerrados y lentamente permiten que el liquido caliente y dulce se deslice como una caricia por sus gargantas. Conforme beben a sorbos pequeños, los caballeros aflojan el nudo de las corbatas, las señoras secan con disimulo el sudor que perla sus frentes, un eco de suspiros sofocados flota en el ambiente. Las manos tiemblan al depositar las tazas vacías en sus platillos, provocando un concierto de tintineos desconcertantes. De repente, se miran, la papada de la abuela tiembla, el abuelo la mira y buceando en sus profundas arrugas descubre la belleza perdida de su juventud, su mano huesuda roza levemente los hoyuelos de la mano de su compañera. El padre de Lara mira extasiado como la perla del colgante de su consuegra se pierde en los túneles secretos de su generoso escote, ella siente su mirada y ruborosa se humedece los labios mirándole  fijamente. La madre del novio mira la perilla perfectamente recortada de su compañero de mesa y siente como una lava incandescente le sube desde el vientre hasta instalarse directamente en su rostro, tal sacudida la siente su compañero que la mira como un bombero observa un incendio, calculando las opciones de entrada y de salida para no quedar atrapado en el fuego.
Los novios observan perplejos la escena, incapaces de controlarla.
Un relámpago rasga el negro cielo. Las cristaleras del balcón se abren con un tremendo empellón del viento, las luces se apagan. Todo queda oscuro. El silencio se llena del ris ras de cremalleras subiendo y bajando, ruidos metálicos rodando por el suelo, risas ahogadas, gemidos sofocados, cachetes, exclamaciones de sorpresa….
La luz como una visita inoportuna hace su aparición, así sin avisar, los comensales los que pueden se sientan con presteza con los rostros arrebolados y los vestidos y trajes arrugados y maltrechos al igual que sus maquillajes y tocados. A los abuelos tienen que ayudarles a levantarse. Por fin, todos están sentados con la mirada fija en el mantel como  buscando la solución de un difícil enigma. Poco a poco las respiraciones se normalizan, y algunos se atreven  a levantar la vista del mantel  y mirar de soslayo a los otros. La abuela mueve sus regordetas manos, palpándose  su corpulenta figura, buscando desesperadamente su dentadura postiza, mientras sus labios se hunden cada vez más y más en   los vericuetos de su desolada boca. De pronto, la descubre enredada en los bigotes del abuelo, que grita horrorizado cuando de un tirón le arranca la dentadura y la mitad del mostacho con ella.
Los adornos de carmín decoran profusamente las blancas pecheras de las camisas de los hombres.
Las joyas de las señoras descansan debajo de la mesa como un tesoro en el fondo del mar esperando a ser rescatado.
La anfitriona de la casa, intenta hablar, una vez, dos veces y a la tercera consigue emitir un gritito agudo, carraspea con energía,   se yergue en su silla todo lo que puede  y con la poca dignidad que le queda pregunta:
- ¿café para todos?
- Si, por favor- contesta el coro al unísono.


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